HASTA EL SOL DE HOY
(REFERENCIA AUTOBIOGRÁFICA)
Nelson Ures ( escrito
en el año 2008)
A veces me despierto a las tres
de la madrugada y comienzo a navegar en un torbellino de pensamientos, doy
vueltas en la cama, siento la noche como un inmenso vientre, yo en él, en su
profundo y dilatado acontecer. Mi madre me dijo que yo nací a esa hora, el
nueve de marzo del año sesenta y uno, en la Maternidad del Hospital Central
Antonio María Pineda, en Barquisimeto. Esa madrugada no llovió pero ando por la
vida con una sensación de que la lluvia tuvo algo que ver con mi gestación. Tal
vez tuve sed al nacer. Soy de signo acuático, pisciano confeso y, según esos
designios, soy un tipo muy sensitivo.
Soy el segundo hijo de María
Villegas y Eustoquio Segundo Ures, ambos de origen campesino, más mi mamá quien
desgranó su vida por tierras sanareñas, un pintoresco pueblito ubicado al pie
de una montaña, en el sur del estado Lara, mientras que mi papá , aun cuando
mantuvo su arraigo rural hasta el día de su muerte, destelló, a lo largo de su
vida, su ancestro indio mezclado con las vivencias afloradas en un Barquisimeto
bucólico, en tránsito forzado hacia la urbanidad, a mediados del siglo XX.
Cantinas y rancheras, el cine
Imperio, El Manteco, las nacientes barriadas y el río Turbio, serían algunos de
los escenarios para los años mozos de Segundo. Hasta ése, su mundo, se trajo a
mi mamá una noche de luna llena, en supremo rapto de amor. De esa unión
engendraron ocho hijos, quienes en orden de aparición somos: Maritza, Nelson (quien
estas líneas escribe), Nancy, Franklin, Zoraima, Oscar, Jhonny y Alexander.
La pobreza nos acompaño como
sombrío designio. Con nosotros se instaló desde las piezas de alquiler en
Barrio Nuevo, husmeo nuestra infancia en el Barrio El Garabatal y vertió su
llanto cuando mi hermana Zoraimita murió víctima de una bronconeumonía. Pese a
todo ello, mi papá y mi mamá asumieron con valentía su destino: ella lavando
ropa ajena y vendiendo empanadas; él, ejerciendo oficios diversos, desde
buhonero hasta mecánico, entrelazando su faena con sus andares de bohemio.
Mis estudios de primaria
comenzaron en la Escuela Nacional Ciudad de Maracay, aun ubicada en la carrera
19 entre calles 42 y 43, en Barquisimeto (la maestra Olivia me enseño mis
primeras letras), cuando nos residenciamos en una casa alquilada frente a el
terminal de Pasajeros, donde mi papá atendía un negocio de lubricantes de autos
propiedad de un italiano buena gente llamado Colombo. “Los Colerientos” se
llamaba ese sector para aquel momento y según dicen que el origen de ese nombre
fue porque allí enterraban a las víctimas de la peste del cólera que azoto a la
ciudad. De aquella etapa tengo interesantes recuerdos. El cementerio viejo de
Bella Vista, con sus majestuosos monumentos fúnebres se veían desde mi casa,
mientras el terminal de pasajeros era un hervidero de vida: cantinas,
prostíbulos, talleres mecánicos, restaurantes, vendedores ambulantes, gente que
iba y venía. En fin, un puerto en tierra cuyos oleajes agitaban todo. Nuestra casa era, en la bondad de mis padres,
cálido refugio para familiares y amigos, quienes por la vía del terminal
llegaban desde Sanare, Caracas, Valencia y los más diversos lugares. La estadía
de esta gente en nuestra casa, que a veces se prolongaba por meses, me
brindaron el acceso a un mundo fascinante a través de sus cuentos, vivencias y
estilos de vida. Inevitablemente aquellas charlas, fiestas y algarabías se
sedimentaron en mi memoria como el rumor sereno de aquellos tiempos.
Al morir mi hermana nos mudamos a
la urbanización La Carucieña, populosa barriada construida durante el gobierno
de Rafael Caldera. En este lugar y con las ganas inmensas de echar a andar los
deseos de vivir, comenzó el tropel de mi adolescencia…¡Inolvidable estación de
los recuerdos!
Comencé mi secundaria en el Liceo
Ezequiel Bujanda, cuando éste aún quedaba frente al Parque Ayacucho, para luego
hacerme bachiller en el Liceo Lisandro Alvarado, sus jazmines, su viejo teatro,
sus profesores y profesoras, aún flotan en el sopor de mis recuerdos.
En el barrio jugábamos béisbol y
baloncesto, nuevos amigos y amigas, ¡hasta fundamos un club¡, “Club los
Escarabajos”. Vivíamos para entonces con intensidad la música de los Beatles
como un descubrimiento grato de aquel fenómeno que nos reservó el eco de su
trascendencia. Nos sentíamos libres y eso era más importante que ser pobres.
Vinieron las novias, las fiestas, los paseos, más adelante, la actividad
cultural, el teatro, los títeres, lo cual nos acercó a la comunidad, a las
luchas reivindicativas, a la canción de Alí Primera y mis primeros contactos
con la lucha clandestina como una forma de enfrentar las injusticias. En eso
andaba cuando ingresé al Básico Superior (hoy Universidad Politécnica
Territorial Andrés Eloy Blanco) y luego al Pedagógico de Barquisimeto. Allí se
consolido la idea de ser vanguardia para cambiar el mundo. Más allá de las
aulas leía a Carlos Marx, a Lenín, mientras que Neruda, Benedetti, el Gabo y
otros, rociaron con ternura poética mi transito por la universidad, donde
también descubrí la música de Silvio y Pablo Milanés.
Me eligieron como Presidente de
la Federación de Centros de Estudiantes del Pedagógico de Barqusimeto entre el
año 88 y 89, y ejercí en tiempos convulsionados, cuando los estudiantes éramos
la principal fuerza opositora al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Por esas
circunstancias me involucré con los acontecimientos del 27 de febrero del 89 y
luego con los del 4 de febrero del 92. Fui perseguido y detenido, pero mis
compañeros y amigos lograron mi libertad. Me gradúe de Profesor en Ciencias
Sociales, mención Historia, ingrese a través de una huelga de hambre a la
nómina del Ministerio de Educación. Desde ese día ejercí la pedagogía en una
escuela rural llamada Auyamal, en el municipio Jiménez del estado Lara. En el Pedagógico conocí a la
que hoy es mi esposa y compañera, Luz Marina Aldana, con quien tengo tres
hijos: Nelson Ismael, Rubén Dario y Sebastian Alí. Con ellos conformo la
principal trinchera de amor que fortifica mi existencia.
Culmine estudios de
especialización en Historia Económica y Social de Venezuela en la Universidad Santa
María e inicie estudios de Comunicación Social en la Universidad Cecilio Acosta
como una forma de saldar una deuda con mi vocación periodística, la cual aun
tengo pendiente.
Sé que vendrán otros días para
mis circunstancias y hasta el sol de hoy, con los cuarenta y tres años, con sus
días y sus horas, proclamo mi oficio de vivir como una de las más dignas formas
de estar en comunión con el universo.
BREVE AUTOBIOGRAFÍA
Tengo la edad de un
candelabro,
mi luz ha masticado
estrellas
en esas noches de
hambre sideral.
Tengo
el chispazo resucitado
de la aurora en mi mirada,
me debo al agua
y quisiera volver a ser
lluvia,
sobre todo cuando el
miedo se deja venir
lamiendo mi tenue
circunstancia.
Allí, mi único socorro
es el parpadear de
Venus
frotando la maravilla
del día.
Sufro también
si en mi artificio
se entrampa el vuelo
definitivo y frágil de los insectos.
Tengo mi tiempo colgado
en el suspiro de la
brisa,
y un día extraño
siempre se asoma,
coloca sus aromas en mi
mesa
prepara sutiles
desafíos.
Por eso sé
que hoy no soy el
mismo.
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