jueves, 21 de abril de 2016

HASTA EL SOL DE HOY
 (REFERENCIA AUTOBIOGRÁFICA)
Nelson Ures ( escrito en el año 2008)
A veces me despierto a las tres de la madrugada y comienzo a navegar en un torbellino de pensamientos, doy vueltas en la cama, siento la noche como un inmenso vientre, yo en él, en su profundo y dilatado acontecer. Mi madre me dijo que yo nací a esa hora, el nueve de marzo del año sesenta y uno, en la Maternidad del Hospital Central Antonio María Pineda, en Barquisimeto. Esa madrugada no llovió pero ando por la vida con una sensación de que la lluvia tuvo algo que ver con mi gestación. Tal vez tuve sed al nacer. Soy de signo acuático, pisciano confeso y, según esos designios, soy un tipo muy sensitivo.
Soy el segundo hijo de María Villegas y Eustoquio Segundo Ures, ambos de origen campesino, más mi mamá quien desgranó su vida por tierras sanareñas, un pintoresco pueblito ubicado al pie de una montaña, en el sur del estado Lara, mientras que mi papá , aun cuando mantuvo su arraigo rural hasta el día de su muerte, destelló, a lo largo de su vida, su ancestro indio mezclado con las vivencias afloradas en un Barquisimeto bucólico, en tránsito forzado hacia la urbanidad, a mediados del siglo XX.
Cantinas y rancheras, el cine Imperio, El Manteco, las nacientes barriadas y el río Turbio, serían algunos de los escenarios para los años mozos de Segundo. Hasta ése, su mundo, se trajo a mi mamá una noche de luna llena, en supremo rapto de amor. De esa unión engendraron ocho hijos, quienes en orden de aparición somos: Maritza, Nelson (quien estas líneas escribe), Nancy, Franklin, Zoraima, Oscar, Jhonny y Alexander.
La pobreza nos acompaño como sombrío designio. Con nosotros se instaló desde las piezas de alquiler en Barrio Nuevo, husmeo nuestra infancia en el Barrio El Garabatal y vertió su llanto cuando mi hermana Zoraimita murió víctima de una bronconeumonía. Pese a todo ello, mi papá y mi mamá asumieron con valentía su destino: ella lavando ropa ajena y vendiendo empanadas; él, ejerciendo oficios diversos, desde buhonero hasta mecánico, entrelazando su faena con sus andares de bohemio.
Mis estudios de primaria comenzaron en la Escuela Nacional Ciudad de Maracay, aun ubicada en la carrera 19 entre calles 42 y 43, en Barquisimeto (la maestra Olivia me enseño mis primeras letras), cuando nos residenciamos en una casa alquilada frente a el terminal de Pasajeros, donde mi papá atendía un negocio de lubricantes de autos propiedad de un italiano buena gente llamado Colombo. “Los Colerientos” se llamaba ese sector para aquel momento y según dicen que el origen de ese nombre fue porque allí enterraban a las víctimas de la peste del cólera que azoto a la ciudad. De aquella etapa tengo interesantes recuerdos. El cementerio viejo de Bella Vista, con sus majestuosos monumentos fúnebres se veían desde mi casa, mientras el terminal de pasajeros era un hervidero de vida: cantinas, prostíbulos, talleres mecánicos, restaurantes, vendedores ambulantes, gente que iba y venía. En fin, un puerto en tierra cuyos oleajes agitaban todo.  Nuestra casa era, en la bondad de mis padres, cálido refugio para familiares y amigos, quienes por la vía del terminal llegaban desde Sanare, Caracas, Valencia y los más diversos lugares. La estadía de esta gente en nuestra casa, que a veces se prolongaba por meses, me brindaron el acceso a un mundo fascinante a través de sus cuentos, vivencias y estilos de vida. Inevitablemente aquellas charlas, fiestas y algarabías se sedimentaron en mi memoria como el rumor sereno de aquellos tiempos.
Al morir mi hermana nos mudamos a la urbanización La Carucieña, populosa barriada construida durante el gobierno de Rafael Caldera. En este lugar y con las ganas inmensas de echar a andar los deseos de vivir, comenzó el tropel de mi adolescencia…¡Inolvidable estación de los recuerdos!
Comencé mi secundaria en el Liceo Ezequiel Bujanda, cuando éste aún quedaba frente al Parque Ayacucho, para luego hacerme bachiller en el Liceo Lisandro Alvarado, sus jazmines, su viejo teatro, sus profesores y profesoras, aún flotan en el sopor de mis recuerdos.
En el barrio jugábamos béisbol y baloncesto, nuevos amigos y amigas, ¡hasta fundamos un club¡, “Club los Escarabajos”. Vivíamos para entonces con intensidad la música de los Beatles como un descubrimiento grato de aquel fenómeno que nos reservó el eco de su trascendencia. Nos sentíamos libres y eso era más importante que ser pobres. Vinieron las novias, las fiestas, los paseos, más adelante, la actividad cultural, el teatro, los títeres, lo cual nos acercó a la comunidad, a las luchas reivindicativas, a la canción de Alí Primera y mis primeros contactos con la lucha clandestina como una forma de enfrentar las injusticias. En eso andaba cuando ingresé al Básico Superior (hoy Universidad Politécnica Territorial Andrés Eloy Blanco) y luego al Pedagógico de Barquisimeto. Allí se consolido la idea de ser vanguardia para cambiar el mundo. Más allá de las aulas leía a Carlos Marx, a Lenín, mientras que Neruda, Benedetti, el Gabo y otros, rociaron con ternura poética mi transito por la universidad, donde también descubrí la música de Silvio y Pablo Milanés.
Me eligieron como Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes del Pedagógico de Barqusimeto entre el año 88 y 89, y ejercí en tiempos convulsionados, cuando los estudiantes éramos la principal fuerza opositora al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Por esas circunstancias me involucré con los acontecimientos del 27 de febrero del 89 y luego con los del 4 de febrero del 92. Fui perseguido y detenido, pero mis compañeros y amigos lograron mi libertad. Me gradúe de Profesor en Ciencias Sociales, mención Historia, ingrese a través de una huelga de hambre a la nómina del Ministerio de Educación. Desde ese día ejercí la pedagogía en una escuela rural llamada Auyamal, en el municipio Jiménez  del estado Lara. En el Pedagógico conocí a la que hoy es mi esposa y compañera, Luz Marina Aldana, con quien tengo tres hijos: Nelson Ismael, Rubén Dario y Sebastian Alí. Con ellos conformo la principal trinchera de amor que fortifica mi existencia.
Culmine estudios de especialización en Historia Económica y Social de Venezuela en la Universidad Santa María e inicie estudios de Comunicación Social en la Universidad Cecilio Acosta como una forma de saldar una deuda con mi vocación periodística, la cual aun tengo pendiente.
Sé que vendrán otros días para mis circunstancias y hasta el sol de hoy, con los cuarenta y tres años, con sus días y sus horas, proclamo mi oficio de vivir como una de las más dignas formas de estar en comunión con el universo.

BREVE AUTOBIOGRAFÍA
Tengo la edad de un candelabro,
mi luz ha masticado estrellas
en esas noches de hambre sideral.
Tengo
el chispazo resucitado de la aurora en mi mirada,
me debo al agua
y quisiera volver a ser lluvia,
sobre todo cuando el miedo se deja venir
lamiendo mi tenue circunstancia.
Allí, mi único socorro
es el parpadear de Venus
frotando la maravilla del día.
Sufro también
si en mi artificio
se entrampa el vuelo definitivo y frágil de los insectos.
Tengo mi tiempo colgado
en el suspiro de la brisa,
y un día extraño siempre se asoma,
coloca sus aromas en mi mesa
prepara sutiles desafíos.
Por eso sé

que hoy no soy el mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario