Yo
que te sueño, tú que me miras.
(A
la memoria de mi abuelo Juan Bautista
Villegas y mi abuela Ramona Brito de Villegas)
Cuando mueras extrañaré tu silencio, el mío me lo
guardo como la voz profunda de los sueños.
En
esta casa habitan tus murmullos (que son pocos en relación a lo largo y lento
de estos últimos días de nuestros cincuenta y dos años de casados).
Regularmente
tus palabras son evocación reiterativa de hechos ya pasados, rondando casi
siempre en los recuerdos de Sabino, nuestro hijo mayor, que aquella tarde
prefirió, pese a la resaca de varias parrandas, ir a ver el estreno de la
película de Pedro Infante, no sé cuál de ellas, pero allí, en el claroscuro del
matiné, uno de sus enemigos con quien había tenido un pleito “a palos”, le
clavó por la espalda, a la altura del pulmón izquierdo una certera puñalada que
no le dejó vida para ver el final de la película.
Miras
el chinchorro que se bambolea con el viento, tu mirada busca el peso de tu
Sabino en ese ir y venir, y se te oye decir; “Allí estuviera, oyendo rancheras
y pasando su borrachera”. Pero no eres tú la que controla el destino de tus
seres queridos, hay otros designios más poderosos que tu amor de madre.
En
otras ocasiones tus comentarios eran, a mi entender y seguramente al del perro,
el gato y las flores, derivaciones de un mismo mutismo, que por lo tanto,
rodaban sin piedad en la quejumbrosa melancolía de las tardes, quizá porque se
referían a esos hechos inminentes de esta vida que vemos pasar: ¡Lloverá hoy,
el hormiguero está alborotado¡…” ¡Mire pues, ya va a ser medio día¡”
La
última vez que vino Estelita desde Maracaibo nos sorprendiste con una
elocuencia poco usual en ti, quizá entonces comprendí tu molestia por esa
soledad compacta que ambos sobrellevamos, bordeando los territorios del olvido,
y es eso tal vez lo que más te preocupa: el olvido. Ambos hemos visto pasar
frente a nosotros, como desde el andén de un viejo tren a los hijos que están y
ya no están, a nietos, sobrinos, comadres y compadres, vivos y difuntos. Tú y
yo somos dos recuerdos andantes en esta memoria que habitamos, ya el tiempo que
nos queda es poco para prometernos gestos inolvidables.
El
reproche iba dirigido entonces hacia Estelita, quien antes de casarse nos
visitaba con más frecuencia, ella bien lo comprendió a juzgar por la
descomposición de su semblante cuando lanzaste como un dardo aquel comentario: “Lo
mejor será que uno se muera si a penas lo van a recordar es cuando ya está
pisando las puertas del purgatorio”.
Aunque
la comadre Rosa Elvira siempre te advertía:
-Mire
comadre, no reniegue de la vida, que
quien en eso se la pasa, Dios lo
castiga alargándole más de la cuenta su estadía en este mundo.
Desde
aquella noche una especie de botón invisible se oprimió para activar en mí un
sueño que desde entonces no me abandona. Un sueño infalible, sobre todo cuando
duermo boca arriba. Ese mismo sueño siempre se desliza entre el borde de la
vigilia y dormiteos intermitentes. Entonces, el techo, a oscuras, se presta
para reflejar una y otra vez, escenas que simultáneamente, estoy seguro,
cruzaron por tu mente y la mía en el preciso instante cuando estalló aquella
frase de la comadre Rosa.
Desde
aquel día me invadió la convicción de que Juana Teresa Brito moriría primero
que yo. ¡Bendito sea Dios¡…solo al pensarlo sentía un vértigo como quien un
buen día despierta, inusitadamente, en la desértica superficie lunar, o se
levanta a tientas en la oscurana, con una borrachera, sin saber ni siquiera en
donde le queda el urinario.
-¿
Donde están las pantuflas?
-Juana…¿Dónde
pusiste el mentol alcanforado?
-Juana,
hágame el juguito de guayaba antes que los pájaros se las coman.
-¿Qué
será esta comezón que tengo en la barriga?
-¿Ya
me puso a tibiar el agua para bañarme?
Por
la noche te soñaba, trajeada con aquel vestido de flores chiquitas con el que
nos casamos, metida en el ataúd, como el que Crisanto guarda debajo de su cama
desde que le anunciaron que padecía de cáncer. Allí te veía, dueña absoluta de
tu silencio, en medio del lloriqueo y el rumor de la gente, y aquel olor a
claveles remojados…y los nietos mirándote, y Estelita amarrándole las trenzas a
Chelique, y yo, frio de soledad.
Te
soñaba y me soñaba, profundos como en un cielo después de los chaparrones de mayo. De día te veía lejana, trajinando
con tus preocupaciones, ahuyentando pacientemente el olvido mientras
acariciabas al gato como quien frota la lámpara maravillosa. Tu andar etéreo en
el jardín y mi susto al no verte entre tus helechos, pero allí estabas,
agachada, regañando a los bachacos por los destrozos nocturnales. Y la noche,
otra vez la noche, filtrándose con su bostezo de frio y misterio para que por
cualquiera de sus rendijas llegarás tú otra vez, con tus ojos llorosos y tus
manos tibias, livianita en el aire porque quieres morirte y te acercas a mí, me
tocas, me llamas, me mueves y chilla la cama y yo sin despertar, muriéndome a
pesar de tu murmullo, llevándome el silencio que nos pertenece, y dejándote ese
tajo de cielo agujereado que se llama soledad, mientras la advertencia de la
comadre Rosa Elvira pone a prueba los designios de Dios.
Nelson Ures
19-04-1999
(Imagen: Autor Macario Colombo)
Esta muy bueno este cuento! Felicitaciones! Pronto leeré los demas cuentos, poemas, escritos, que tengas!
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