Nelson Ures.
La multitud es la gran
mercancía de la vanidad. Se la disputan desde todos los flancos posibles para
ostentar poder. Multitud para mercadear productos de la fe, multitud para
inflar los beneficios de la fama, multitud para canjear demagogia por votos,
multitud para desnaturalizar la nobleza atlética del cuerpo humano, multitud
para permutar mentiras por verdad. Multitud para vender, multitud para dominar.
Todos, en algún momento
formamos parte de alguna de esas oleadas conducidas o manipuladas por algún
interés que enajena nuestro espíritu.
Por cualquier vía, mediante símbolos,
dignos de estudio desde la perspectiva de la semiótica, nos han convencido que
quién tenga el dominio sobre la voluntad de grandes masas humanas, es una
especie de ente superior envestido de la inobjetable capacidad de enrumbar el
destino de grandes conglomerados, y allí, la condición particular del ser, no
cuenta; o te sumas, o eres barrido por la cruda realidad.
No otro efecto quieren buscar
los impresionantes desfiles militares, donde además de exhibir poderío
armamentístico, dejan claro que una disciplina impecable es el acertado manejo
de quien ostenta un poder incuestionable.
Pero miremos otros
escenarios, hoy más expuesto a la observancia de millones de personas a través
de las llamadas redes sociales y otros medios masivos de comunicación. Veamos
por ejemplo los grandes conciertos, cuya triunfal realización se basa en la
cifra de espectadores que logre convocar. Los ídolos, cuyos talentos pudieran
ser bien fundados o construidos a base de la reingeniería de la mercadotecnia,
regularmente se convierten, al mismo tiempo, en instrumentos para apalancar la
promoción de productos o marcas, o para generar comportamientos predeterminados
hacia la población que conforman su fanaticada.
Así también en el mundo del
deporte; la más desaforada búsqueda de los grandes clubes, ligas, federaciones
o corporaciones, todo ello entremezclado en el mundode las grandes empresas, es
la obtención de la más alta taquilla en los eventos que promocionan
respectivamente en las incesantes jornadas que son hoy un hecho globalizante.
Allí también la multitud, presencial o a la distancia, somos el apetitoso
condimento que adereza la gran vanidad, filiada sanguíneamente a la avaricia,
cuyas derivaciones son idénticas a las del resto de cruzadas donde nosotros,
como peones de un ajedrez diabólico, somos simples fichas.
En el antiquísimo mundo de
la religión también se libra una dura batalla para encarrilar a millones de
seres hacia la omnipotencia de quien llenará el alma de cada seguidor del
elixir de luz, paz y salvación, instancia tan anhelada en las más recónditas
fibras de lo humano, donde los abismos del miedo y los misterios no resueltos
por la sabiduría, son aguas propicias para la oportunista pesca de predicadores
servidores a los imperios de la idolatría.
Aquí estamos, pues, presas
de esa milenaria cacería humana. Pero desde el año 2020 se expone, a contraluz, una
imagen en el almanaque del trágico acontecer: los estragos de la pandemia del
COVID 19. Sorprendentes imágenes de espacios públicos en conocidas ciudades del
mundo carentes de la presencia humana que en otros tiempos pululaba por
doquier, son el signo de una lucha feroz entre la gente y el virus asesino. La
multitud se repliega, la economía se estremece.
El obligado confinamiento a
millones de seres humanos por temor a un contagio con el coronavirus ha dejado
estadios vacíos, obligando, a partir de la presión económica de
multimillonarios eventos que en otras circunstancias convocaban en sus
escenarios a sus fieles fanáticos, a buscar otras fórmulas que permitan vender
el espectáculo, y que desde casa
tributemos, en lucro invisible, lo que hemos de pagar por ser parte de esa multitud cautiva.
Así también templos vacíos,
plegarias a distancia, búsqueda de Dios por los rincones, sin el convencimiento
pleno de que ese Dios, sea del credo que sea, está, según sus propios e
ignorados preceptos, estè en todas partes. El claustro de la predica se encuentra
también ante el dilema del distanciamiento social. Algún urgente protocolo se
diseña desde las altas esferas de la fe, algún mecanismo innovador para el
purificador diezmo, alguna proeza milagrosa para mantener el rebaño en verdes pastos. La cuarentena aprieta y los
templos esperan. La procesión va por dentro.
Los artistas de la farándula
y más aún, la industria que los emplea, en prolongado ayuno de aplausos y
multitudinarios espectáculos, buscan reinventarse para conservar, y si fuera
posible, aumentar sus seguidores, fuentes primordiales de su sobrevivencia en
esa extraña nebulosa que llaman fama.
La gran arena de las
pasiones humanas; el detestable pero envolvente torbellino de la política libra
su más feroz batalla, colocando incluso en la majestad de su discurso la estadística
tenebrosa de un virus que depara contagio hasta con el saludo, priva también a
inmaculados líderes de ejercitar su calculada oratoria desde espacios donde una
multitud se vuelve afiche, noticia, golpe propagandístico, estrategia de
imagen, y luego encuesta y finalmente
voto (aunque muchos d esos políticos olvidan, a conveniencia, sus predicas preventivas, cuando requieren convocar sus propios "coronaactos" electoreros) Pero es ella, la política, la más versátil de las "víctimas" de la
pandemia. Puede incluso alimentarse, cual ave de rapiña, de los caídos en la lucha contra del
fatídico virus.
En otras circunstancias la guerra también ha sido y sigue
siendo su alimento. La multitud tal vez lo sabe, pero no tiene salida, incluso
haciéndose a un lado es parte del juego a que las fuerzas del poder nos han
sometido. Tal vez alguna fisura pueda afectar al monstruo, pero la multitud
tendría que ser muy audaz para librarse, no del virus, si no de esa máquina
trituradora de voluntades a la que los griegos bautizaron como Politiké. Vencer este molino de viento tal
vez sea más difícil que el hecho de conseguir la cura definitiva al COVID 19.
El circo romano ha
proyectado su versión en cada época, donde gladiadores, muchedumbre y el dedo
imperial que decide sobre la vida y la muerte de quienes tributan su sangre al
indolente festín, cambian de ropaje, pero el paisaje histórico sigue mostrando
los mismos nubarrones que someten a la oscuridad a nuestro espíritu.La
concurrencia goza y sufre, el poder, aparentemente se lava las manos, y tiene
garantizada las próximas funciones y otras defunciones.
Estamos destinados a
seguir siendo multitud por unos cuantos años más; multitud entremezclada,
discriminada, confrontada, manipulada, dividida, empobrecida, explotada, pecadora,
soñadora, aplaudidora, creyente, sufragante, seguidora, consumidora,guerrera.
Pero esos destellos de confinamiento que a veces nos hacen reencontrarnos con
el “sí-mismo” y no con el yo, como dijera el controversial filosofo Niezsche, pudieran
desembocar en pequeñas grietas de luz por donde, ojala, se asomarà una nueva
forma de relacionarnos, como organismos sociales, que en definitiva somos, entonces dejemos, algún día, de ser la
multitud-mercancía para que desde la estética de lo humano forjemos nuestra
intrínseca condición de seres vivos liberados y felices
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