lunes, 20 de julio de 2020

reflexiones en cuarentena

MULTITUD EN TIEMPOS DE PANDEMIA.
Nelson  Ures.

La multitud es la gran mercancía de la vanidad. Se la disputan desde todos los flancos posibles para ostentar poder. Multitud para mercadear productos de la fe, multitud para inflar los beneficios de la fama, multitud para canjear demagogia por votos, multitud para desnaturalizar la nobleza atlética del cuerpo humano, multitud para permutar mentiras por verdad. Multitud para vender, multitud para dominar.
Todos, en algún momento formamos parte de alguna de esas oleadas conducidas o manipuladas por algún interés que enajena nuestro espíritu.
Por cualquier vía, mediante símbolos, dignos de estudio desde la perspectiva de la semiótica, nos han convencido que quién tenga el dominio sobre la voluntad de grandes masas humanas, es una especie de ente superior envestido de la inobjetable capacidad de enrumbar el destino de grandes conglomerados, y allí, la condición particular del ser, no cuenta; o te sumas, o eres barrido por la cruda realidad.
No otro efecto quieren buscar los impresionantes desfiles militares, donde además de exhibir poderío armamentístico, dejan claro que una disciplina impecable es el acertado manejo de quien ostenta un poder incuestionable.
Pero miremos otros escenarios, hoy más expuesto a la observancia de millones de personas a través de las llamadas redes sociales y otros medios masivos de comunicación. Veamos por ejemplo los grandes conciertos, cuya triunfal realización se basa en la cifra de espectadores que logre convocar. Los ídolos, cuyos talentos pudieran ser bien fundados o construidos a base de la reingeniería de la mercadotecnia, regularmente se convierten, al mismo tiempo, en instrumentos para apalancar la promoción de productos o marcas, o para generar comportamientos predeterminados hacia la población que conforman su fanaticada.
Así también en el mundo del deporte; la más desaforada búsqueda de los grandes clubes, ligas, federaciones o corporaciones, todo ello entremezclado en el mundode las grandes empresas, es la obtención de la más alta taquilla en los eventos que promocionan respectivamente en las incesantes jornadas que son hoy un hecho globalizante. Allí también la multitud, presencial o a la distancia, somos el apetitoso condimento que adereza la gran vanidad, filiada sanguíneamente a la avaricia, cuyas derivaciones son idénticas a las del resto de cruzadas donde nosotros, como peones de un ajedrez diabólico, somos simples fichas.
En el antiquísimo mundo de la religión también se libra una dura batalla para encarrilar a millones de seres hacia la omnipotencia de quien llenará el alma de cada seguidor del elixir de luz, paz y salvación, instancia tan anhelada en las más recónditas fibras de lo humano, donde los abismos del miedo y los misterios no resueltos por la sabiduría, son aguas propicias para la oportunista pesca de predicadores servidores a los imperios de la idolatría.
Aquí estamos, pues, presas de esa milenaria cacería humana. Pero desde el año 2020 se expone, a contraluz, una imagen en el almanaque del trágico acontecer: los estragos de la pandemia del COVID 19. Sorprendentes imágenes de espacios públicos en conocidas ciudades del mundo carentes de la presencia humana que en otros tiempos pululaba por doquier, son el signo de una lucha feroz entre la gente y el virus asesino. La multitud se repliega, la economía se estremece.
El obligado confinamiento a millones de seres humanos por temor a un contagio con el coronavirus ha dejado estadios vacíos, obligando, a partir de la presión económica de multimillonarios eventos que en otras circunstancias convocaban en sus escenarios a sus fieles fanáticos, a buscar otras fórmulas que permitan vender el espectáculo, y que  desde casa tributemos, en lucro invisible, lo que hemos de pagar  por ser parte de esa multitud cautiva.
Así también templos vacíos, plegarias a distancia, búsqueda de Dios por los rincones, sin el convencimiento pleno de que ese Dios, sea del credo que sea, está, según sus propios e ignorados preceptos, estè en todas partes. El claustro de la predica se encuentra también ante el dilema del distanciamiento social. Algún urgente protocolo se diseña desde las altas esferas de la fe, algún mecanismo innovador para el purificador diezmo, alguna proeza milagrosa para mantener el rebaño en  verdes pastos. La cuarentena aprieta y los templos esperan. La procesión va por dentro.
Los artistas de la farándula y más aún, la industria que los emplea, en prolongado ayuno de aplausos y multitudinarios espectáculos, buscan reinventarse para conservar, y si fuera posible, aumentar sus seguidores, fuentes primordiales de su sobrevivencia en esa extraña nebulosa que llaman fama.
La gran arena de las pasiones humanas; el detestable pero envolvente torbellino de la política libra su más feroz batalla, colocando incluso en la majestad de su discurso la estadística tenebrosa de un virus que depara contagio hasta con el saludo, priva también a inmaculados líderes de ejercitar su calculada oratoria desde espacios donde una multitud se vuelve afiche, noticia, golpe propagandístico, estrategia de imagen, y luego encuesta y finalmente  voto (aunque muchos d esos políticos olvidan, a conveniencia, sus predicas preventivas, cuando requieren convocar sus propios "coronaactos" electoreros)  Pero es ella, la política, la más versátil de las "víctimas" de la pandemia. Puede incluso alimentarse, cual ave de rapiña, de los caídos en la lucha contra del fatídico virus. 
En otras circunstancias la guerra también ha sido y sigue siendo su alimento. La multitud tal vez lo sabe, pero no tiene salida, incluso haciéndose a un lado es parte del juego a que las fuerzas del poder nos han sometido. Tal vez alguna fisura pueda afectar al monstruo, pero la multitud tendría que ser muy audaz para librarse, no del virus, si no de esa máquina trituradora de voluntades a la que los griegos bautizaron como Politiké. Vencer este molino de viento tal vez sea más difícil que el hecho de conseguir la cura definitiva al COVID 19.
El circo romano ha proyectado su versión en cada época, donde gladiadores, muchedumbre y el dedo imperial que decide sobre la vida y la muerte de quienes tributan su sangre al indolente festín, cambian de ropaje, pero el paisaje histórico sigue mostrando los mismos nubarrones que someten a la oscuridad a nuestro espíritu.La concurrencia goza y sufre, el poder, aparentemente se lava las manos, y tiene garantizada las próximas funciones y otras defunciones.
Estamos destinados a seguir siendo multitud por unos cuantos años más; multitud entremezclada, discriminada, confrontada, manipulada, dividida, empobrecida, explotada, pecadora, soñadora, aplaudidora, creyente, sufragante, seguidora, consumidora,guerrera. Pero esos destellos de confinamiento que a veces nos hacen reencontrarnos con el “sí-mismo” y no con el yo, como dijera el controversial filosofo Niezsche, pudieran desembocar en pequeñas grietas de luz por donde, ojala, se asomarà una nueva forma de relacionarnos, como organismos sociales, que en definitiva somos, entonces dejemos, algún día,  de ser la multitud-mercancía para que desde la estética de lo humano forjemos nuestra intrínseca condición de seres vivos liberados y felices

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