viernes, 20 de mayo de 2022

 



CLEOFE SE ACOSTUMBRÓ A VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE.

(En el libro inedito "Mundos cruzados")

Nelson Ures Villegas.

De Cleofe se dice que vive con los duendes, y eso sucede desde que se escuchan ruidos raros, por aquellos matorrales, durante las noches profundas de Palo Verde.

Ella vive en el cerro que mira desde su desafortunada aridez a la majestuosa montaña que se empina del lado sur del pueblo,  la de “La Fumorola”. Pero fue éste inhóspito lugar poblado de cujíes y amargosos, donde ya el viento bosteza la sequedad de su travesía, el que eligió Cleofe para vivir. Apartada del ir y venir de la gente del caserío, pero dueña y soberana de su soledad.

Las cotizas de Cleofe han fundado caminos por estos tunales, han pisoneado pajonales y cadillos, desafiando aguaceros y sequias. Han llegado más allá, lejos, donde se sospecha que el arcoíris inclina su largo y curvado cuello de colores hasta terminar en una enorme cabeza de burro que bebe agua de pozos, quebradas y lagunas.

En tiempos de semana santa, los duendes deambulan por los montes silvestres; por la “Cueva del Zamuro”, por la Triguera, por el zanjón de “Las Rositas”, donde nace el agua viva y las mujeres acuden a lavar ropas, con la desdicha que, al dejarlas tendidas al sol, al volver, las encuentran revolcadas y manchadas de barro, con huellas de pisadas pequeñitas; los duendes burlones, según el decir de la gente, suelen hacer esto a las lavanderas distraídas.

Cuando ya poco se hablaba de duendes, en tiempos cuando la bombilla de luz eléctrica iba haciendo más dóciles los cuentos de muertos y aparecidos, y la evocación de aquellas criaturas no era suficiente artilugio para recoger a los muchachos de sus juegos callejeros y mandarlos a la cama, la casa de Cleofe permanecía atrapada en una atmosfera de miedo y lejanía. Ella, su inocencia e ingenuidad, contribuían para que aquel patrimonio de misterio local siguiera de boca en boca en el pueblo. Los duendes de Cleofe, en consecuencia, sí existían.

A Cleofe le querían echar una maldad, según se comentaba en la pulpería del pueblo: “Dizque le enterraron unos justanes en el patio de su casa- decía Doña Fortunata, mientras Juan Antonio le despachaba el kilo de quinchoncho y el papelón.

¡Ah! Eso es maldad de la gente, no ve que vive íngrima y sola allá en ese cerro- Murmuro Crispiniano, al tiempo que lanzaba al suelo un escupitajo de chimó.

Pues yo creo –agrega Juan Antonio- que el empeño que tienen es pa’ quítale el terrenito…untualito hay mucho pícaro que de la noche a la mañana le quieren echa alambre e ‘púa a toiticos esos cerros…bueno, eso es lo que dicen poraí.

Lo cierto fue que la vida de Cleofe no tuvo muchos contratiempos con el asunto de los duendes, poco le preocupaban las habladurías, y se fue acostumbrando a dormir con los ruidos que se oían desde el fogón, o los pasitos que se sentían en el techo, o las risitas que se oían en la troja. Terminó por hacerse parte de ese mundo; Cleofe se acostumbró a vivir con los duendes y ellos con Cleofe.

Cleofe seguía recogiendo la leña por esos montes, teniendo como acompañante a un perro flaco y orejón. Por los caminos que resbalan caprichosamente sobre los lomos del cerro, se veía, de vez en cuando, un haz de leña como en lejana levitación, andando en la peregrinación de aquellas soledades, pero debajo estaba, con el paso lento de sus cotizas, la pequeña Cleofe, con aquella paciencia, fuente de toda su fortaleza, con la carga sobre su cabeza en perfecto equilibrio. En una mano el machete y en la otra un garabato. Su vestimenta: un vestido de flores desteñidas y un saco oscuro y polvoriento donde guardaba las muchas neblinas de tiempos fríos junto con el aroma del oreganal y el bojote de chimó.

Sin duda era ella quien se acercaba, a juzgar por los ladridos de su perro y porque al llegar al mogote que antecede a la estropeada puerta de carrizos salían en estampida a su encuentro, desde la cocina, un rebañito de “curíes”. Se llegó a pensar que los duendes, durante el día, se convertían en “curíes” para poder andar por ahí, sin mucha preocupación.

Sus cien años y algo más lleva Cleofe sin querer bajar del cerro para mudarse a otro lado. Todavía de su casita de barro, cuyo techo parece ya pesarle demasiado, sale el humo a través de una torcida chimenea. Todavía va a “Las Rositas” a buscar agua en el manantial.

Creo que Cleofe aún no ha muerto, y no lo hará; ella se irá con los duendes a buscar chamizas para hacer su fogón, e inventar, para cuando vuelva la sequía, un rebañito de nubes blancas, y con ellas, como un velo de escarcha, bajará la lluvia suavecita que nos hará recordarla.

 

 

 

viernes, 6 de mayo de 2022



 LUNES DE ÁNIMAS.

Nelson Ures Villegas.

No tenía otra opción. A mis ocho años, y por el impedimento de salud que aquejaba al abuelo, me correspondía  cumplir con el ritual.

Las noches de junio en aquel pueblito andino, enclavado en las estribaciones de la montaña, resultaban propicias para el misterio, más aun cuando una tímida luna se dejaba abrumar por densas nubes,  con  muy breves asomos para una miserable luz.
Ya sabes - dice el abuelo Juan- Debes encender con mucho respeto esta vela a las ánimas benditas y rezarles tres “Aves Marías”. Ellas sabrán comprender que éste viejo campesino ya tiene muy quebrantado sus huesos, y este frio me complica el reumatismo.  Es parte de una antigua devoción que debes aprender.

¡Pero abuelo!- le digo, evadiendo el compromiso - El altar queda muy lejos y ese patio está muy oscuro. Por qué no le prendo esa vela aquí en el altar de los santos?
El abuelo Juan, tajante,  responde: ¡Los santos son los santos y las ànimas las ánimas! cada quien tiene sus propios dominios. Hoy es lunes y a esas almas tenemos que alumbrarlas, si no quien las aguanta pidiendo la migaja de luz que les corresponde en su penitente camino al descanso eterno. Algún día comprenderás…vaya y haga caso y déjese de pendejadas!
No tuve si no que tomar la vela, los fósforos y emprender el estrecho camino pisoneado por los pasos oficiosos de la abuela Ramona, quien todos los días hacia el mismo recorrido para regar las matas, darle de comer a las gallinas y buscar agua en el zanjón donde está la pequeña naciente que surte del indispensable líquido a la familia.
Allí iba pues, con mis miedos a cuesta; los perros me vieron pasar y apenas me olfatearon, las gallinas carraspearon en su nervioso sueño, los grillos multiplicaron su bullicio y la luna se dejó atrapar definitivamente por el dominio de una neblina interminable en su afán de misterio.

¡Bendito Dios, ayúdame a cumplirle a las ánimas! Dame valor- Decía, mientras divisaba a lo lejos el sencillo altar conformado por una cruz de madera forrada con algunas tiras de papel celofán agitadas por la brisa; vestigios de la celebración a la cruz de mayo, y elevándose  por encima de una lata mantequera que servía de nicho. Ya cerca, me detuve para descifrar un ruido metálico, como si un peso se posara en el interior del latón y pensé que en aquella oscura soledad se refugiaban almas sedientas de la luz que a  mí me correspondía encender.
Avancé unos cuantos pasos, las piernas me temblaban. Comencé a rezar un “Padre nuestro” entrecortado e incoherente por un miedo mezclado con frio y urgencia por terminar aquella tarea con la que me estrenaba en la devoción familiar hacia las ánimas benditas.
¿Por qué tengo que ser yo quien cumpla esta penitencia? ¡Perdón, perdón!-me decía turbado por aquellos desconocidos signos  que ponían a prueba mi temprana fe.

Ya frente al altar, me  incliné.  Con mi mano temblorosa saqué el cerillo… después de tres intentos, por fin, logro encenderlo y proteger el fuego con mis dos manos para traspasarlo a la mecha de la vela, la que inclino para derretir cera sobre lo que supongo es la superficie donde la adheriré…casi a ciegas pues ahora la luz de la vela no me permite ver más allá de la débil flama que titubea aun más con el temblor de mi mano. Finalmente, la pego…me persigno rápidamente y cuando comienzo mi primer "avemaría" ¡veo que la vela se mueve!  Me froto los ojos y la vela avanza hacía mi…Me levanto y el corazón me palpita aceleradamente. Doy unos pasos hacia atrás y la vela se me acerca…volteo y salgo corriendo, trastabillando y tropezando con ramas y piedras…me volteo y aún veo que la vela sigue su lento avance…Sin duda para mí, las ánimas se han apoderado de la vela, y ahora se manifiestan contra mi…corro y entro apresurado a la casa! voy directo al cuarto de los abuelos que ya se habían acostado y me les lanzo en la cama…

¡Me espantaron abuelo…me espantaron las ánimas! Digo con susto desbordante…
¡Vengase pa´acá muchacho miedoso! Eso le pasa por no cumplir bien con las ánimas. Seguro que no les rezó como era debido- me dice el abuelo, mientras la abuela busca en su mesita de noche el escapulario y me dice que lo apriete entre las manos y rece un padrenuestro. Así lo hago…
La noche deslizó sus hechizos hasta que el sueño me atrapó bajo la protección de los abuelos.  
Un viejo reloj en la repisa dejaba escuchar el consecuente picoteo de una gallinita marcando el tic tac del amanecer. La abuela es la primera en levantarse y ya frente al fogón moldea las arepas para el desayuno.

El abuelo, a duras penas, se sienta en la cama; el reumatismo doblega su intención de iniciar lo que antes era su rutina matinal de conuquero. Finalmente se levanta y camina lentamente hasta el baño…al cabo de un rato sigue hasta la cocina donde ya su café está servido.
Los escucho conversar y reírse…algo le causa gracia.
Yo aún pienso en la vela persiguiéndome en la oscurana. Me levanto y voy a la cocina. La abuela me mira y dice:

¡Mirá muchacho! (señalando con sus labios) Allí está el ánima que te espantó anoche…
Veo en dirección a donde apunta la ironía de mi abuela, exactamente debajo de la mesa, y allí estaba, con toda su edad convertida en paciencia, allí estaba ¡El morrocoy! Luciendo heroicamente sobre su lomo la cera de una vela derretida.

Misteriosa complicidad o fortuita voltereta del destino, pero esa noche toda la estructura cósmica de un momento vino a desembocar allí, en la ingenua inocencia de un niño que solo pretendía iniciarse en la antiquísima devoción hacia los difuntos.
El abuelo murió en diciembre de ese mismo año. Ahora su condición de ánima quizá se manifiesta también en forma de morrocoy, o de colibrí, o de lluvia, para que su palabra y sus creencias queden intactas en mi memoria.

Barquisimeto, Venezuela.
( incluido en el libro inédito " Mundos Cruzados" mayo 2020)
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jueves, 14 de abril de 2022

 

COMENTARIO DE MI AMIGO FRANCISCO SUAREZ SOBRE MI CUENTO : "EL ÁNGEL QUE SUEÑA"

Saludos cordiales. Nelson, que bello relato. Quizá en todo el tiempo que tiene La Mesacoja Literaria, por primera vez se publica algo que bien merece la Tertulia. Me remontaste a Julio Garmendia y aún más, a un mexicano que ahora no afino su nombre, y que son ellos los que inician esta literatura tan preciosa. Nelson, este relato tiene mucho que decir. Es un hito literario, sin temor a equivocarme. Contiene todo un trabajo de años de lectura, concisión, precisión y una alfarería de sencillez en su bello lenguaje. Mil felicitaciones por tu relato tan bien logrado. El grado metafísico y el esplendor tan prolijamente elaborado. Por Dios, he quedado asombrado. Gracias por llevarme a lo que más me gusta: la literatura. No sé cuánto tiempo te llevó. Pero me encanta lo diegético; el encantamiento del proceder narrativo. Escribo en el celular y es una lata. Disculpa por lo enredado de mi reseña. Francisco Suárez para La Mesacoja Literaria.

Esto en referencia al Ángel que sueña.

Me acordé del mexicano, Julio Torri.


 


EL ÁNGEL QUE SUEÑA.

Nelson Ures Villegas.

 

Pequeñito, ángel aún, debió ocupar otro espacio del cementerio en virtud de su condición especial.

Artemidoro, quien por ser uno de los muertos más conocedores de la historia de todo el cementerio y la de quienes habitaban sus dominios, ejercía desde hacía lustros el oficio de “Cronista del Camposanto” y le correspondió asentar en el acta de ingresos de aquel año de nieblas permanentes, la llegada de Arcadio, apuntando su nombre en la sección de “Ángeles” pero en un renglón muy especialísimo que definía el atributo del alma que allí se registraba. En el caso de Arcadio se leía: Sueña…por ello se le conoció como “el ángel que sueña”.

Artemidoro conocía muy bien el extraño caso. Por ello fue seleccionado para que diera la clase magistral a los difuntos que terminaban su especialización en” Asuntos de Ánimas y Espiritualidad”

Reinaba gran expectativa entre los presentes, quienes se congregaron en torno a la muy conservada y admirada tumba de Arcadio, la cual ocupaba un área, que, según los muchos comentarios, correspondía al tamaño natural de la habitación del niño en el mundo de los vivos. En aquel emblemático monumento, Artemidoro daría su conferencia.

Según los seis cantos del cuervo, eran las 6 de la tarde y Artemidoro llegó puntual al compromiso. Leticia, la Maestra de Ceremonia, anunció el inicio de la clase: Muy distinguido público, difuntos y difuntas presentes. En esta tarde tan especial en la que asisten a una de sus dos últimas clases magistrales para optar por el título de “Especialistas en Asuntos de Ánimas y Espiritualidad”, tendrán el honor de escuchar a uno de nuestros difuntos más versados en la materia relacionada con el origen y el devenir de la muerte, algo que a todos siempre nos ha apasionado y de lo cual aún tenemos mucho que descubrir. Pero nuestro distinguido difunto, siendo Cronista Oficial de nuestro Camposanto por tantas lunas, ha podido desenmarañar muchos misterios y ha preparado para hoy una de sus mejores piezas académicas…espero que aprovechen este singular privilegio. Con ustedes el Supradifunto Artemidoro de Feyum.

Un denso y solemne silencio, como muestra de supremo respeto, da el recibimiento al conferencista.

Señores difuntos, señoras difuntas…hoy les hablaré de un caso raro… les hablaré de “El Ángel que sueña”

Artemidoro subió unos escalones que precedían la puerta de entrada a la tumba de Arcadio y continuo su charla: Estamos ante una de nuestras tumbas más emblemáticas; su historia se remonta a los tiempos cuando una densa neblina mantuvo a nuestro camposanto en una atmósfera de extraña tristeza durante un año entero. Muchos de ustedes aún no habían llegado a estos parajes, pero las crónicas hablan de “El Ángel que sueña " como un caso relacionado a aquella extraña condición que afectó nuestra comarca y por lo cual muchos temíamos salir de nuestras tumbas, fundamentalmente por el desconocimiento de las causas de aquel fenómeno, que, en consecuencia, lo tornaba en un misterio.

Muchos decían que un espíritu vivo rondaba los parajes de nuestro camposanto…algunos incluso oían el llanto de un niño que se proyectaba en eco desde este lugar, desde esta tumba, y luego el lamento adolorido de una mujer.

Como ustedes pueden ver; esta tumba semeja una habitación, y por hechos ya comprobados, es la réplica exacta del dormitorio de un niño, un niño llamado Arcadio, quien, con sus cinco años, no le correspondía aún su advenimiento a nuestro mundo, y sus sueños de niño se mantuvieron intactos y muchos de esos sueños han determinado gran parte de nuestra cultura.

Pueden observar, a través de estas paredes de cristal, la cama de Arcadio. Dicen que su madre venía todos los días al cementerio a tenderle sabanas limpias y permanecía horas arreglando la habitación, conversando con su hijo. Allí está su bicicleta (Artemidoro, en un movimiento fugaz le da con su huesudo dedo índice al rin de la bicicleta y la rueda gira emitiendo destellos de luz) Allí, su cometa, con su larga cola…por allá sus muñecos, su colección de carritos y lo que más apreciaba: su trencito eléctrico.

Hasta los momentos los vivos que deambulan por estos parajes no han podido desvalijar la tumba, por cuanto el encantamiento que hay en ella los espanta. Risas de niños atormentan a los intrusos y a partir de allí, cuando van a dormir, un sueño recurrente con la tumba y niños jugando en ella se apodera de sus pobres almas…la locura es el epílogo de sus vidas. Algunos de ellos, ya muertos, permanecen en el área especial de recuperación…por sus relatos nos hemos enterado de una parte de esta historia.

¿Qué ha sucedido en este caso? se preguntarán ustedes (la expectativa es inmensa entre los presentes, quienes toman notas apresuradas en sus pergaminos). Pues es un caso de “Tardía aceptación” dimensionado a un plano astral por la poderosa energía purificante de los sueños. Nuestros estudios indican que en los sueños de algunos seres reside la materia fundamental para establecer puentes de comunicación entre el mundo de los muertos y el mundo de los vivos.

La “tardía aceptación” resulta de fallas en las coordenadas vida-muerte que interrumpen abruptamente el proceso de la dinámica cuerpo-alma, dos categorías que ustedes deben comprender íntegramente.

Pese a que el azar ha sido descartado en la dinámica cuerpo-alma de la mayoría de entidades, vivas o muertas, se producen accidentes inescrutables en el espectro cósmico que salen del esquema de las leyes universales y generan grietas en el devenir de la materia y de la energía, que, por no entenderlas aún, preferimos NO ACEPTAR. De allí que la llamada “Tardía aceptación” retrasa la llegada o la salida a los diferentes mundos, y aquí me refiero a todos los seres, incluyendo a las denominadas “cosas”, como esa bicicleta cuya rueda aún gira, queriéndonos decir algo en su movimiento.

“La energía purificada de los sueños” queridos difuntos, encontrada en ciertas almas, como es el caso de Arcadio, resulta de algo mucho más profundo, más extendido en el tiempo y en el espacio…se trata del AMOR…

Artemidoro señala el trencito de Arcadio y éste inicia su marcha, deteniéndose frente a los congregados. El viejo sabio se inclina y saca del interior del tren un pequeño pergamino y lee: "Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada! …solo el amor vive para siempre "

Este texto-dice Artemidoro- es parte de una hermosa proclama y fue dictado a una de las almas mensajeras por la inspiración poética de la existencia a través de un sueño. Se conoce como "Corintios 13". Ciertamente son palabras, pero más que palabras, muchas de las claves que nos llegan de lo profundo de la inmensidad sin fronteras, donde vida y muerte es una sola, son sensaciones, muchas de ellas convertidas en lo que se denomina “Arte” Tienen ustedes la música (suena una cajita de música desde la habitación del niño), la pintura (un cuadro con el rostro del niño se descubre al reverso del cometa con un soplo de brisa )…y la más suprema de todas las artes, presente en lo más sublime de toda creación: la Poesía.

Es pues el amor, condensado a la más elevada pureza en la relación madre e hijo, en el caso entre Arcadio y su madre, lo que ha permitido trascender el espíritu hacia otras dimensiones, tejiendo un puente entre la vida y la muerte y que nos ha permitido iniciar, óigase bien, iniciar nuestros estudios, sobre la relación entre ambos mundos, comenzando por algo fundamental: la comunicación.

A Arcadio se le cruzaron inoportunamente las coordenadas vida-muerte -dice Artemidoro- Su mundo no estaba preparado para despedirlo, y el nuestro no estaba preparado para recibirlo. Su madre se hundió en un trance manteniendo a su hijo en una disyuntiva entre las dos dimensiones.  Por ello, nuestros parajes se vieron afectados por una densa neblina y por sucesos inusuales que figuran en varios reportes que yo he revisado muy detalladamente para su estudio. Al término de un año Arcadio culminó un periodo que llaman “muerte vegetativa”, pero durante este periodo no dejó de soñar, y eran sus sueños lo que se hacían presentes en nuestro mundo, hasta que finalmente pudo ingresar por la grieta de luz que uno de sus sueños trazó…

¿Pero dónde está actualmente Arcadio? Pregunta Fermina, una de las estudiantes.

El viejo responde: El niño está en una región reservada para esos casos especiales. Está en el surco de la luz y la sombra. Lugar donde solo pueden acceder las almas supremas y lo hacen fundamentalmente por razones científicas: para consultar en torno a los misterios que vivos y muertos comparten desde hace millones de años.

Para la mayoría, los influjos de ese lugar solo llegan a través de los sueños, materia que es propicia a estudios y en torno a lo cual ustedes deberán dedicarse en los próximos periodos…

Bien, creo que ya les he cansado con mi charla…mucho hay por investigar y eso les corresponde a ustedes. En el próximo encuentro les hablaré de otro caso…el caso del “Espíritu Insepulto” un ser extraordinario quien solicitó no bajar a su sepulcro hasta tanto, entre sus amados connacionales, no se consolidará la unión que él tanto pregonó.

Ya sobre el camposanto la bruma de una noche arropaba cada detalle y el camino de regreso a las tumbas se hizo entre rumores que para algunos era quizá el viento entre los árboles, para otros, los ecos de una clase magistral vibrando aun en la atmosfera de una inquietante búsqueda.

 

Barquisimeto, Venezuela

junio 2021

sábado, 12 de febrero de 2022

 

LA PALABRA, AQUELLA PALABRA.

Nelson Ures Villegas.

 

Cuando la palabra, aquella palabra, estaba en la memoria de una sola persona, la única que la albergó en su voz para nombrar lo que ya otros habían olvidado, temió definitivamente por su muerte, por el abismo que la condenaría irremediablemente al silencio, ese silencio petrificado en un eco sin dueño y sin brillo, tal como lo había soñado aquella lejana noche, afectada por el fallecimiento de la esposa del portador de su espíritu y sonido.

Se apresuró a ser lo suficientemente útil como para que el portador de su frágil melodía la tuviera a su disposición.

Pensó convertirse en canción, en sentimiento, en muletilla para cualquier circunstancia donde el lenguaje fuera requerido. Aquel hombre entonces la utilizaba para su propio soliloquio, para su requerimiento íntimo, para sus nostalgias. Pero un día, cuando fue visitado por sus hijos que vivían lejos, en la ciudad, los recibió con gran regocijo y nombró la palabra, aquella palabra. Notó que sus hijos y su pequeña hija, quien allí estaba también, se miraron extrañados y luego dejaron escapar, disimuladamente, unas risitas. La niña por su parte se sintió apenada, algo incómoda por la situación.

La palabra quedó muy preocupada ante aquel episodio, temió por lo peor; ser la vergüenza de su exclusivo portador.  

La pobre, afectada ya seriamente por el síndrome de la soledad, observó a su alrededor y las otras palabras saltaban y rozaban unas con otras, lanzando chispitas de vivo sonido.

- ¿Me quedaré muda? Se dijo.

- ¿Me quedaré ciega? Pensó.

- ¿Y si me dejan allí tirada y me usan para otro significado que no es el mío, el que originalmente se me otorgó?

El hombre ya había aprendido a usar otras palabras que antes le resultaban un tanto raras y sus compañeros se lo celebraban como si hubiera alcanzado una cima o algo así.

La palabra vio su significado, ese que convivió tanto tiempo con ella, acurrucado en las páginas de un viejo cuaderno que el hombre guardaba junto a una fotografía de su familia.

La palabra sabía que allí aún quedaba algo del néctar que alimentaba su convaleciente espíritu.

Otras palabras se fueron de fiesta aquella noche con los hijos mayores del hombre. Sólo la hija pequeña se quedó, pues estaba cansada por el viaje.

En la madrugada, la palabra, aquella palabra, escuchó un alboroto y pensó que vendrían por fin a silenciarla en el olvido. Eran las otras palabras que habían tenido una riña y aún vociferaban sus interesadas vibraciones, entre ellas; la palabra dinero, la palabra mío, la palabra odio, y otras muy feas y en un tono altanero.

El hombre supo que sus hijos se disputaban la herencia de lo que él supuestamente dejaría al morir. Ciertamente, su edad y su salud no le presagiaba un buen panorama.

Se entristeció y quiso calmar a sus hijos, pero el ambiente estaba muy tenso.

La palabra se acomodó silenciosamente en el viejo cuaderno, sabiendo que en momentos así el hombre acudía a aquellas páginas y solía mirar por un largo rato la fotografía donde se veía él junto a su mujer, quien lucía una bella sonrisa, y a sus hijos aún pequeños. Así lograba consuelo ante la soledad y la incomprensión. La palabra se iluminó ante los ojos llorosos de aquel hombre. Parecía que quería comunicarle algo.

Fue entonces cuando el hombre tomó la foto y fijó su mirada en la imagen de su pequeña hija. Leyó lentamente la palabra, aquella palabra con la que el cuaderno y la fotografía habían establecido un lazo de amistad. Inmediatamente fue al cuarto donde dormía su hijita, se le acercó con cuidado y le susurró al oído la palabra AMOR.

La niña siguió durmiendo y soñó. Revivió en sus sueños las caricias de su madre, la canción de cuna con la que solía dormirse, los juegos que su papá le enseñaba, las correrías en el patio con el perro que su abuelo le regaló, sintió en el paladar la dulzura de un durazno, se sonrió y siguió durmiendo feliz.

Al amanecer, las otras palabras aún hacían ruido en la sala y se sorprendieron cuando la palabra, aquella palabra murmuró su vieja canción y con un limpio brillo en su sonido pareció recobrar fuerzas.

Ha pasado algún tiempo de aquel momento, el hombre, portador de la palabra murió, sus hijos lo enterraron y un abogado se encargó de arreglar ante un juez la herencia entre sus descendientes.

La muchacha, la del sueño, ante la sorpresa de todos, solo pidió que a ella le dejarán el cuaderno y la fotografía. 

La palabra, aquella palabra que ya ustedes saben cuál es y quizá resuene en sus corazones, se quedó con la muchacha. En el viejo cuaderno la chica, ya joven y estudiante universitaria, escribió un hermoso poema con el que a su vez compuso una canción. Algunos, al escucharla, no pueden evitar sentir la brillante y agradable frescura de la felicidad, junto a otras hermosas palabras que se pudieron salvar también con  la palabra, aquella palabra que los mejores seres humano convirtieron en su más elevado himno de bondad y libertad.

 

Barquisimeto, Venezuela.

13 de febrero de 2022.

 

martes, 12 de octubre de 2021

 


MIS ULTIMOS BESOS.

Nelson Ures Villegas.

 

Reservaré este beso,

De los pocos que me quedan,

Solo para ti,

Pero no será en tu boca

Donde su vuelo acabe…

Lo dejaré tan libre

Como un alisio errante

En busca de un cálido valle

Donde palpite el eco

Del eterno deseo.

En ese tiempo nuestro

Yo le pondría música al silencio

Y bailaría contigo,

Me embriagaría en tu néctar

Donde una sombra es cielo

Y es flor nocturna en ti.

Te volvería a besar

Aún con el mismo beso

Allí, en tu ombligo,

Y señalaría con mi dactilar llegada,

Un poco más al sur,

El exacto lugar de mi tesoro.

Mañana es otro día

Y he de volver a derrochar en ti

El resto de mi fortuna

Con otro de mis besos

Que resguardo en secreto

En mi gastado pecho,

Lo demás es mi vida

Que escurrirá en amor

El resto de mis días

Hasta la última gota

Convertida en suspiro.

 

Barquisimeto, Venezuela.

Octubre 2021.

 

 

viernes, 1 de octubre de 2021

 


FLUIR NOCTURNO.

Nelson Ures.

 

La noche fluye en mí soltando sus criaturas,

No quieren ser sueños

Si no reflejos vivos deambulando en mi insomnio,

Son huéspedes que se resisten a irse

De este laberinto mío, mi hogar,

Pese a que algunas veces

me da por ponerle la escoba detrás de la puerta,

pero la noche avanza

y entran como ruidos o sombras o destellos

a mi habitación que es mi refugio.

Sueños no son, estoy despierto,

Pero exhiben el mismo caos

De símbolos quebradizos

En mi indefensa desnudez de llama en extinción…

Amores,

Aquellos que envejecen

Mientras las palabras se derrumban en sus ecos,

La noche aquella, tal vez la única

Que el destino nos reservó

Y el agua del deseo tomo otro cauce.

La casi muerte

A la que ahora temo

Pero ayer no.

El casi beso

Que dejó el surco para otros labios,

La vida flecha

Que el arco gloria

Lanzó al vendaval de las andanzas,

La luna llena flotando cerca de una palabra que no ha nacido,

Las horas largas donde ha enraizado alguna tristeza,

Ausencias tercas, tan obstinadas como si nunca fueran vacío…

La noche fluye,

Por hoy el sueño sabe que aún estoy despierto.

 

Barquisimeto, Venezuela.

Septiembre 2021.