LUNES DE ÁNIMAS.
Nelson Ures Villegas.
No tenía otra opción. A mis ocho años, y por el impedimento de salud que aquejaba al abuelo, me correspondía cumplir con el ritual.
Las noches de junio en aquel pueblito andino, enclavado en las estribaciones de la montaña, resultaban propicias para el misterio, más aun cuando una tímida luna se dejaba abrumar por densas nubes, con muy breves asomos para una miserable luz.
Ya sabes - dice el abuelo Juan- Debes encender con mucho respeto esta vela a las ánimas benditas y rezarles tres “Aves Marías”. Ellas sabrán comprender que éste viejo campesino ya tiene muy quebrantado sus huesos, y este frio me complica el reumatismo. Es parte de una antigua devoción que debes aprender.
¡Pero abuelo!- le digo, evadiendo el compromiso - El altar queda muy lejos y ese patio está muy oscuro. Por qué no le prendo esa vela aquí en el altar de los santos?
El abuelo Juan, tajante, responde: ¡Los santos son los santos y las ànimas las ánimas! cada quien tiene sus propios dominios. Hoy es lunes y a esas almas tenemos que alumbrarlas, si no quien las aguanta pidiendo la migaja de luz que les corresponde en su penitente camino al descanso eterno. Algún día comprenderás…vaya y haga caso y déjese de pendejadas!
No tuve si no que tomar la vela, los fósforos y emprender el estrecho camino pisoneado por los pasos oficiosos de la abuela Ramona, quien todos los días hacia el mismo recorrido para regar las matas, darle de comer a las gallinas y buscar agua en el zanjón donde está la pequeña naciente que surte del indispensable líquido a la familia.
Allí iba pues, con mis miedos a cuesta; los perros me vieron pasar y apenas me olfatearon, las gallinas carraspearon en su nervioso sueño, los grillos multiplicaron su bullicio y la luna se dejó atrapar definitivamente por el dominio de una neblina interminable en su afán de misterio.
¡Bendito Dios, ayúdame a cumplirle a las ánimas! Dame valor- Decía, mientras divisaba a lo lejos el sencillo altar conformado por una cruz de madera forrada con algunas tiras de papel celofán agitadas por la brisa; vestigios de la celebración a la cruz de mayo, y elevándose por encima de una lata mantequera que servía de nicho. Ya cerca, me detuve para descifrar un ruido metálico, como si un peso se posara en el interior del latón y pensé que en aquella oscura soledad se refugiaban almas sedientas de la luz que a mí me correspondía encender.
Avancé unos cuantos pasos, las piernas me temblaban. Comencé a rezar un “Padre nuestro” entrecortado e incoherente por un miedo mezclado con frio y urgencia por terminar aquella tarea con la que me estrenaba en la devoción familiar hacia las ánimas benditas.
¿Por qué tengo que ser yo quien cumpla esta penitencia? ¡Perdón, perdón!-me decía turbado por aquellos desconocidos signos que ponían a prueba mi temprana fe.
Ya frente al altar, me incliné. Con mi mano temblorosa saqué el cerillo… después de tres intentos, por fin, logro encenderlo y proteger el fuego con mis dos manos para traspasarlo a la mecha de la vela, la que inclino para derretir cera sobre lo que supongo es la superficie donde la adheriré…casi a ciegas pues ahora la luz de la vela no me permite ver más allá de la débil flama que titubea aun más con el temblor de mi mano. Finalmente, la pego…me persigno rápidamente y cuando comienzo mi primer "avemaría" ¡veo que la vela se mueve! Me froto los ojos y la vela avanza hacía mi…Me levanto y el corazón me palpita aceleradamente. Doy unos pasos hacia atrás y la vela se me acerca…volteo y salgo corriendo, trastabillando y tropezando con ramas y piedras…me volteo y aún veo que la vela sigue su lento avance…Sin duda para mí, las ánimas se han apoderado de la vela, y ahora se manifiestan contra mi…corro y entro apresurado a la casa! voy directo al cuarto de los abuelos que ya se habían acostado y me les lanzo en la cama…
¡Me espantaron abuelo…me espantaron las ánimas! Digo con susto desbordante…
¡Vengase pa´acá muchacho miedoso! Eso le pasa por no cumplir bien con las ánimas. Seguro que no les rezó como era debido- me dice el abuelo, mientras la abuela busca en su mesita de noche el escapulario y me dice que lo apriete entre las manos y rece un padrenuestro. Así lo hago…
La noche deslizó sus hechizos hasta que el sueño me atrapó bajo la protección de los abuelos.
Un viejo reloj en la repisa dejaba escuchar el consecuente picoteo de una gallinita marcando el tic tac del amanecer. La abuela es la primera en levantarse y ya frente al fogón moldea las arepas para el desayuno.
El abuelo, a duras penas, se sienta en la cama; el reumatismo doblega su intención de iniciar lo que antes era su rutina matinal de conuquero. Finalmente se levanta y camina lentamente hasta el baño…al cabo de un rato sigue hasta la cocina donde ya su café está servido.
Los escucho conversar y reírse…algo le causa gracia.
Yo aún pienso en la vela persiguiéndome en la oscurana. Me levanto y voy a la cocina. La abuela me mira y dice:
¡Mirá muchacho! (señalando con sus labios) Allí está el ánima que te espantó anoche…
Veo en dirección a donde apunta la ironía de mi abuela, exactamente debajo de la mesa, y allí estaba, con toda su edad convertida en paciencia, allí estaba ¡El morrocoy! Luciendo heroicamente sobre su lomo la cera de una vela derretida.
Misteriosa complicidad o fortuita voltereta del destino, pero esa noche toda la estructura cósmica de un momento vino a desembocar allí, en la ingenua inocencia de un niño que solo pretendía iniciarse en la antiquísima devoción hacia los difuntos.
El abuelo murió en diciembre de ese mismo año. Ahora su condición de ánima quizá se manifiesta también en forma de morrocoy, o de colibrí, o de lluvia, para que su palabra y sus creencias queden intactas en mi memoria.
Barquisimeto, Venezuela.
( incluido en el libro inédito " Mundos Cruzados" mayo 2020)...

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