CLEOFE SE ACOSTUMBRÓ A
VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE.
(En el libro inedito "Mundos cruzados")
Nelson Ures Villegas.
De
Cleofe se dice que vive con los duendes, y eso sucede desde que se escuchan
ruidos raros, por aquellos matorrales, durante las noches profundas de Palo Verde.
Ella
vive en el cerro que mira desde su desafortunada aridez a la majestuosa montaña
que se empina del lado sur del pueblo, la de “La
Fumorola”. Pero fue éste inhóspito lugar poblado de cujíes y amargosos, donde
ya el viento bosteza la sequedad de su travesía, el que eligió Cleofe para
vivir. Apartada del ir y venir de la gente del caserío, pero dueña y soberana de
su soledad.
Las
cotizas de Cleofe han fundado caminos por estos tunales, han pisoneado
pajonales y cadillos, desafiando aguaceros y sequias. Han llegado más allá,
lejos, donde se sospecha que el arcoíris inclina su largo y curvado cuello de
colores hasta terminar en una enorme cabeza de burro que bebe agua de pozos,
quebradas y lagunas.
En
tiempos de semana santa, los duendes deambulan por los montes silvestres; por
la “Cueva del Zamuro”, por la Triguera, por el zanjón de “Las Rositas”, donde
nace el agua viva y las mujeres acuden a lavar ropas, con la desdicha que, al
dejarlas tendidas al sol, al volver, las encuentran revolcadas y manchadas de
barro, con huellas de pisadas pequeñitas; los duendes burlones, según el decir
de la gente, suelen hacer esto a las lavanderas distraídas.
Cuando
ya poco se hablaba de duendes, en tiempos cuando la bombilla de luz eléctrica
iba haciendo más dóciles los cuentos de muertos y aparecidos, y la evocación de
aquellas criaturas no era suficiente artilugio para recoger a los muchachos de
sus juegos callejeros y mandarlos a la cama, la casa de Cleofe permanecía
atrapada en una atmosfera de miedo y lejanía. Ella, su inocencia e ingenuidad,
contribuían para que aquel patrimonio de misterio local siguiera de boca en
boca en el pueblo. Los duendes de Cleofe, en consecuencia, sí existían.
A Cleofe le querían echar una maldad, según se comentaba en la pulpería del pueblo: “Dizque le enterraron unos justanes en el patio de su casa- decía Doña Fortunata, mientras Juan Antonio le despachaba el kilo de quinchoncho y el papelón.
¡Ah!
Eso es maldad de la gente, no ve que vive íngrima y sola allá en ese cerro-
Murmuro Crispiniano, al tiempo que lanzaba al suelo un escupitajo de chimó.
Pues
yo creo –agrega Juan Antonio- que el empeño que tienen es pa’ quítale el
terrenito…untualito hay mucho pícaro que de la noche a la mañana le quieren
echa alambre e ‘púa a toiticos esos cerros…bueno, eso es lo que dicen poraí.
Lo
cierto fue que la vida de Cleofe no tuvo muchos contratiempos con el asunto de
los duendes, poco le preocupaban las habladurías, y se fue acostumbrando a
dormir con los ruidos que se oían desde el fogón, o los pasitos que se sentían
en el techo, o las risitas que se oían en la troja. Terminó por hacerse parte
de ese mundo; Cleofe se acostumbró a vivir con los duendes y ellos con Cleofe.
Cleofe
seguía recogiendo la leña por esos montes, teniendo como acompañante a un perro
flaco y orejón. Por los caminos que resbalan caprichosamente sobre los lomos
del cerro, se veía, de vez en cuando, un haz de leña como en lejana levitación,
andando en la peregrinación de aquellas soledades, pero debajo estaba, con el
paso lento de sus cotizas, la pequeña Cleofe, con aquella paciencia, fuente de
toda su fortaleza, con la carga sobre su cabeza en perfecto equilibrio. En una
mano el machete y en la otra un garabato. Su vestimenta: un vestido de flores
desteñidas y un saco oscuro y polvoriento donde guardaba las muchas neblinas de
tiempos fríos junto con el aroma del oreganal y el bojote de chimó.
Sin
duda era ella quien se acercaba, a juzgar por los ladridos de su perro y porque
al llegar al mogote que antecede a la estropeada puerta de carrizos salían en
estampida a su encuentro, desde la cocina, un rebañito de “curíes”. Se llegó a
pensar que los duendes, durante el día, se convertían en “curíes” para poder
andar por ahí, sin mucha preocupación.
Sus
cien años y algo más lleva Cleofe sin querer bajar del cerro para mudarse a
otro lado. Todavía de su casita de barro, cuyo techo parece ya pesarle
demasiado, sale el humo a través de una torcida chimenea. Todavía va a “Las
Rositas” a buscar agua en el manantial.
Creo que Cleofe
aún no ha muerto, y no lo hará; ella se irá con los duendes a buscar
chamizas para hacer su fogón, e inventar, para cuando vuelva la sequía, un
rebañito de nubes blancas, y con ellas, como un velo de escarcha, bajará la
lluvia suavecita que nos hará recordarla.

