viernes, 20 de mayo de 2022

 



CLEOFE SE ACOSTUMBRÓ A VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE.

(En el libro inedito "Mundos cruzados")

Nelson Ures Villegas.

De Cleofe se dice que vive con los duendes, y eso sucede desde que se escuchan ruidos raros, por aquellos matorrales, durante las noches profundas de Palo Verde.

Ella vive en el cerro que mira desde su desafortunada aridez a la majestuosa montaña que se empina del lado sur del pueblo,  la de “La Fumorola”. Pero fue éste inhóspito lugar poblado de cujíes y amargosos, donde ya el viento bosteza la sequedad de su travesía, el que eligió Cleofe para vivir. Apartada del ir y venir de la gente del caserío, pero dueña y soberana de su soledad.

Las cotizas de Cleofe han fundado caminos por estos tunales, han pisoneado pajonales y cadillos, desafiando aguaceros y sequias. Han llegado más allá, lejos, donde se sospecha que el arcoíris inclina su largo y curvado cuello de colores hasta terminar en una enorme cabeza de burro que bebe agua de pozos, quebradas y lagunas.

En tiempos de semana santa, los duendes deambulan por los montes silvestres; por la “Cueva del Zamuro”, por la Triguera, por el zanjón de “Las Rositas”, donde nace el agua viva y las mujeres acuden a lavar ropas, con la desdicha que, al dejarlas tendidas al sol, al volver, las encuentran revolcadas y manchadas de barro, con huellas de pisadas pequeñitas; los duendes burlones, según el decir de la gente, suelen hacer esto a las lavanderas distraídas.

Cuando ya poco se hablaba de duendes, en tiempos cuando la bombilla de luz eléctrica iba haciendo más dóciles los cuentos de muertos y aparecidos, y la evocación de aquellas criaturas no era suficiente artilugio para recoger a los muchachos de sus juegos callejeros y mandarlos a la cama, la casa de Cleofe permanecía atrapada en una atmosfera de miedo y lejanía. Ella, su inocencia e ingenuidad, contribuían para que aquel patrimonio de misterio local siguiera de boca en boca en el pueblo. Los duendes de Cleofe, en consecuencia, sí existían.

A Cleofe le querían echar una maldad, según se comentaba en la pulpería del pueblo: “Dizque le enterraron unos justanes en el patio de su casa- decía Doña Fortunata, mientras Juan Antonio le despachaba el kilo de quinchoncho y el papelón.

¡Ah! Eso es maldad de la gente, no ve que vive íngrima y sola allá en ese cerro- Murmuro Crispiniano, al tiempo que lanzaba al suelo un escupitajo de chimó.

Pues yo creo –agrega Juan Antonio- que el empeño que tienen es pa’ quítale el terrenito…untualito hay mucho pícaro que de la noche a la mañana le quieren echa alambre e ‘púa a toiticos esos cerros…bueno, eso es lo que dicen poraí.

Lo cierto fue que la vida de Cleofe no tuvo muchos contratiempos con el asunto de los duendes, poco le preocupaban las habladurías, y se fue acostumbrando a dormir con los ruidos que se oían desde el fogón, o los pasitos que se sentían en el techo, o las risitas que se oían en la troja. Terminó por hacerse parte de ese mundo; Cleofe se acostumbró a vivir con los duendes y ellos con Cleofe.

Cleofe seguía recogiendo la leña por esos montes, teniendo como acompañante a un perro flaco y orejón. Por los caminos que resbalan caprichosamente sobre los lomos del cerro, se veía, de vez en cuando, un haz de leña como en lejana levitación, andando en la peregrinación de aquellas soledades, pero debajo estaba, con el paso lento de sus cotizas, la pequeña Cleofe, con aquella paciencia, fuente de toda su fortaleza, con la carga sobre su cabeza en perfecto equilibrio. En una mano el machete y en la otra un garabato. Su vestimenta: un vestido de flores desteñidas y un saco oscuro y polvoriento donde guardaba las muchas neblinas de tiempos fríos junto con el aroma del oreganal y el bojote de chimó.

Sin duda era ella quien se acercaba, a juzgar por los ladridos de su perro y porque al llegar al mogote que antecede a la estropeada puerta de carrizos salían en estampida a su encuentro, desde la cocina, un rebañito de “curíes”. Se llegó a pensar que los duendes, durante el día, se convertían en “curíes” para poder andar por ahí, sin mucha preocupación.

Sus cien años y algo más lleva Cleofe sin querer bajar del cerro para mudarse a otro lado. Todavía de su casita de barro, cuyo techo parece ya pesarle demasiado, sale el humo a través de una torcida chimenea. Todavía va a “Las Rositas” a buscar agua en el manantial.

Creo que Cleofe aún no ha muerto, y no lo hará; ella se irá con los duendes a buscar chamizas para hacer su fogón, e inventar, para cuando vuelva la sequía, un rebañito de nubes blancas, y con ellas, como un velo de escarcha, bajará la lluvia suavecita que nos hará recordarla.

 

 

 

viernes, 6 de mayo de 2022



 LUNES DE ÁNIMAS.

Nelson Ures Villegas.

No tenía otra opción. A mis ocho años, y por el impedimento de salud que aquejaba al abuelo, me correspondía  cumplir con el ritual.

Las noches de junio en aquel pueblito andino, enclavado en las estribaciones de la montaña, resultaban propicias para el misterio, más aun cuando una tímida luna se dejaba abrumar por densas nubes,  con  muy breves asomos para una miserable luz.
Ya sabes - dice el abuelo Juan- Debes encender con mucho respeto esta vela a las ánimas benditas y rezarles tres “Aves Marías”. Ellas sabrán comprender que éste viejo campesino ya tiene muy quebrantado sus huesos, y este frio me complica el reumatismo.  Es parte de una antigua devoción que debes aprender.

¡Pero abuelo!- le digo, evadiendo el compromiso - El altar queda muy lejos y ese patio está muy oscuro. Por qué no le prendo esa vela aquí en el altar de los santos?
El abuelo Juan, tajante,  responde: ¡Los santos son los santos y las ànimas las ánimas! cada quien tiene sus propios dominios. Hoy es lunes y a esas almas tenemos que alumbrarlas, si no quien las aguanta pidiendo la migaja de luz que les corresponde en su penitente camino al descanso eterno. Algún día comprenderás…vaya y haga caso y déjese de pendejadas!
No tuve si no que tomar la vela, los fósforos y emprender el estrecho camino pisoneado por los pasos oficiosos de la abuela Ramona, quien todos los días hacia el mismo recorrido para regar las matas, darle de comer a las gallinas y buscar agua en el zanjón donde está la pequeña naciente que surte del indispensable líquido a la familia.
Allí iba pues, con mis miedos a cuesta; los perros me vieron pasar y apenas me olfatearon, las gallinas carraspearon en su nervioso sueño, los grillos multiplicaron su bullicio y la luna se dejó atrapar definitivamente por el dominio de una neblina interminable en su afán de misterio.

¡Bendito Dios, ayúdame a cumplirle a las ánimas! Dame valor- Decía, mientras divisaba a lo lejos el sencillo altar conformado por una cruz de madera forrada con algunas tiras de papel celofán agitadas por la brisa; vestigios de la celebración a la cruz de mayo, y elevándose  por encima de una lata mantequera que servía de nicho. Ya cerca, me detuve para descifrar un ruido metálico, como si un peso se posara en el interior del latón y pensé que en aquella oscura soledad se refugiaban almas sedientas de la luz que a  mí me correspondía encender.
Avancé unos cuantos pasos, las piernas me temblaban. Comencé a rezar un “Padre nuestro” entrecortado e incoherente por un miedo mezclado con frio y urgencia por terminar aquella tarea con la que me estrenaba en la devoción familiar hacia las ánimas benditas.
¿Por qué tengo que ser yo quien cumpla esta penitencia? ¡Perdón, perdón!-me decía turbado por aquellos desconocidos signos  que ponían a prueba mi temprana fe.

Ya frente al altar, me  incliné.  Con mi mano temblorosa saqué el cerillo… después de tres intentos, por fin, logro encenderlo y proteger el fuego con mis dos manos para traspasarlo a la mecha de la vela, la que inclino para derretir cera sobre lo que supongo es la superficie donde la adheriré…casi a ciegas pues ahora la luz de la vela no me permite ver más allá de la débil flama que titubea aun más con el temblor de mi mano. Finalmente, la pego…me persigno rápidamente y cuando comienzo mi primer "avemaría" ¡veo que la vela se mueve!  Me froto los ojos y la vela avanza hacía mi…Me levanto y el corazón me palpita aceleradamente. Doy unos pasos hacia atrás y la vela se me acerca…volteo y salgo corriendo, trastabillando y tropezando con ramas y piedras…me volteo y aún veo que la vela sigue su lento avance…Sin duda para mí, las ánimas se han apoderado de la vela, y ahora se manifiestan contra mi…corro y entro apresurado a la casa! voy directo al cuarto de los abuelos que ya se habían acostado y me les lanzo en la cama…

¡Me espantaron abuelo…me espantaron las ánimas! Digo con susto desbordante…
¡Vengase pa´acá muchacho miedoso! Eso le pasa por no cumplir bien con las ánimas. Seguro que no les rezó como era debido- me dice el abuelo, mientras la abuela busca en su mesita de noche el escapulario y me dice que lo apriete entre las manos y rece un padrenuestro. Así lo hago…
La noche deslizó sus hechizos hasta que el sueño me atrapó bajo la protección de los abuelos.  
Un viejo reloj en la repisa dejaba escuchar el consecuente picoteo de una gallinita marcando el tic tac del amanecer. La abuela es la primera en levantarse y ya frente al fogón moldea las arepas para el desayuno.

El abuelo, a duras penas, se sienta en la cama; el reumatismo doblega su intención de iniciar lo que antes era su rutina matinal de conuquero. Finalmente se levanta y camina lentamente hasta el baño…al cabo de un rato sigue hasta la cocina donde ya su café está servido.
Los escucho conversar y reírse…algo le causa gracia.
Yo aún pienso en la vela persiguiéndome en la oscurana. Me levanto y voy a la cocina. La abuela me mira y dice:

¡Mirá muchacho! (señalando con sus labios) Allí está el ánima que te espantó anoche…
Veo en dirección a donde apunta la ironía de mi abuela, exactamente debajo de la mesa, y allí estaba, con toda su edad convertida en paciencia, allí estaba ¡El morrocoy! Luciendo heroicamente sobre su lomo la cera de una vela derretida.

Misteriosa complicidad o fortuita voltereta del destino, pero esa noche toda la estructura cósmica de un momento vino a desembocar allí, en la ingenua inocencia de un niño que solo pretendía iniciarse en la antiquísima devoción hacia los difuntos.
El abuelo murió en diciembre de ese mismo año. Ahora su condición de ánima quizá se manifiesta también en forma de morrocoy, o de colibrí, o de lluvia, para que su palabra y sus creencias queden intactas en mi memoria.

Barquisimeto, Venezuela.
( incluido en el libro inédito " Mundos Cruzados" mayo 2020)
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