martes, 6 de noviembre de 2018

El pan del último día





EL PAN DEL ÚLTIMO DÍA

En la Plaza “La Moneda” donde van a parar diversos libros usados y abusados, luego se surcar travesías entre manos, ojos, rincones y olvidos, se cruzan también vidas y momentos que tal vez lleguen a ser parte de alguna página de las muchas que están por escribirse. Uno de esos momentos es, sin duda, éste, cabalgado a pleno mediodía por un señor sin nombre conocido y de edad imprecisa, proveniente  de algún lugar inmerecido para la crónica y el recuerdo.
Su triste figura viene de lejos; sus pasos cansados lo delatan. Su ropa salpicada por el monte, el sudor y el tiempo narra su particular epopeya: camisa de un extraviado y moribundo azul, pantalón color polvo y aridez, zapatos ya casi suelo: un campesino.
Su estampa desentona con la citadina coordenada de ruido y movimiento. Él es silencio lento y montarás.
Se acerca a uno de los vendedores de libros,  y por su gesto quiere venderle algo. Solo carga en su hombro una escardilla y en su mano derecha un machete envuelto en papel periódico ¿Será eso que quiere vender? ¡Sus herramientas de trabajo! ¡La prolongación de su fuerza y voluntad! ¡La extensión de sus brazos!
El vendedor de libros no quiso o no pudo aceptar la oferta. El campesino siguió su rumbo extraviado por entre estantes, como queriendo huir. Otro vendedor de enciclopedias y revistas que captó su intención lo detuvo y al indagar el estado de las herramientas hizo su oferta. El campesino aceptó.
El hombre ahora sin machete ni escardilla se va lento, por donde mismo llegó.
Los adoquines de la plaza soportaron sus livianos pasos con cierta indiferencia, y allí iba, como un Quijote derrotado, sin locura.
Con parte del dinero de la venta, ese hombre compraría, ese día, el último pan de su Padre Nuestro.

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