EL
PAN DEL ÚLTIMO DÍA
En la Plaza “La Moneda” donde van a
parar diversos libros usados y abusados, luego se surcar travesías entre manos,
ojos, rincones y olvidos, se cruzan también vidas y momentos que tal vez
lleguen a ser parte de alguna página de las muchas que están por escribirse.
Uno de esos momentos es, sin duda, éste, cabalgado a pleno mediodía por un
señor sin nombre conocido y de edad imprecisa, proveniente de algún lugar inmerecido para la crónica y el
recuerdo.
Su triste figura viene de lejos; sus
pasos cansados lo delatan. Su ropa salpicada por el monte, el sudor y el tiempo
narra su particular epopeya: camisa de un extraviado y moribundo azul, pantalón
color polvo y aridez, zapatos ya casi suelo: un campesino.
Su estampa desentona con la citadina
coordenada de ruido y movimiento. Él es silencio lento y montarás.
Se acerca a uno de los vendedores de
libros, y por su gesto quiere venderle
algo. Solo carga en su hombro una escardilla y en su mano derecha un machete
envuelto en papel periódico ¿Será eso que quiere vender? ¡Sus herramientas de
trabajo! ¡La prolongación de su fuerza y voluntad! ¡La extensión de sus brazos!
El vendedor de libros no quiso o no
pudo aceptar la oferta. El campesino siguió su rumbo extraviado por entre
estantes, como queriendo huir. Otro vendedor de enciclopedias y revistas que
captó su intención lo detuvo y al indagar el estado de las herramientas hizo su
oferta. El campesino aceptó.
El hombre ahora sin machete ni
escardilla se va lento, por donde mismo llegó.
Los adoquines de la plaza soportaron
sus livianos pasos con cierta indiferencia, y allí iba, como un Quijote
derrotado, sin locura.
Con parte del dinero de la venta, ese
hombre compraría, ese día, el último pan de su Padre Nuestro.

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