jueves, 27 de septiembre de 2018

La máquina de soñar


                                                       El sueño, de Dalí
LA MAQUINA DE SOÑAR.
Aquella noche y por accidente se encontró con la máquina de soñar. No era una máquina común como quizá imaginamos. No podía serlo tratándose de la sustancia etérea que procesaba: nada más y nada menos que los sueños.
Alguien la inventó y la dejó allí en el cruce del tiempo, entre los deseos y el miedo. Un dispositivo primoroso de hilos multicolores que tomaba su energía vital de las estrellas, pues según se le mostró al afortunado solador en el primer sueño instruccional, nuestro espíritu y cuerpo, que son uno solo, vienen de allí, de las estrellas, en ellas reposa la energía primogénita de todos nuestros sueños.
La maquina en cuestión se ve con los ojos cerrados y la mente en neutro. Su activación deriva de una serie de texturas que deberán ser percibidas por algunos recuerdos. Al encenderse un dinamo termo-afectivo conectado a los latidos de nuestros corazones, el portal de los sueños se abre. Una fuerza ingrávida nos toma y nos coloca en una especie de capsula cósmica en cuya atmósfera se condensa el tiempo y el espacio. Desde ese momento comienzan a fluir imágenes, en un inicio, aleatorias, caprichosas.
Lo más sorprendente, el soñador bien instruido, puede elegir el tipo de sueños que prefiere abordar. Hay diferentes renglones a escoger: las de sexo están entre las preferidas. Algo de eso lo había advertido un estudioso de la mente humana quien se adentró, sin llegar a descubrir ésta máquina, en esa dimensión.
Pero bien…el soñador está en la libertad de soñar lo que el devenir de la sangre estelar va dejando en un tiempo de ayer y del mañana.
También los hay de viajes a diversas regiones, de manera que el soñador puede, en circunstancias tan reales según la intensidad de su deseo, conocer inexploradas e ignotas geografías planetarias, a demás de las que sus pasos ya han andado.
Los sueños con seres queridos, muertos o vivos son también otra opción. Si se trata de seres vivos, el sueño completa lo que pudo haber sido una situación con tal o cual persona, ya sea de trabajo, estudio, afectiva, recreativa o de otra índole.
Si el caso es con difuntos, la maquina prácticamente resucita en imágenes vivas a quien por alguna circunstancia ya falleció. ¡Ah este renglón también incluye la conexión con animales! Los sueños de esta naturaleza son reconfortantes y contribuyen en el alivio de la pena y el luto. El soñador siente como si la muerte ya no fuera un misterio o un abismo, si no que se presenta como un paraje muy dinámico el cual se puede visitar y regresar en cuanto el soñador despierta.
Cada máquina es personalizada, pero en general, sus intrincados mecanismos son los mismos para todos, pues en definitiva todos formamos parte de un mismo sueño.
¡Ah s me olvidaba! Las pesadillas…la máquina también tiene sus destellos de tragedia y las mismas sobrevienen cuando algún mecanismo, alguna conexión o algún dispositivo presentan ciertos desperfectos, ya sea por descuido en el mantenimiento necesario entre los nexos del ser y la máquina o por abuso en la utilización de este novedoso instrumento.
Las pesadillas que la humanidad ha padecido y padece devienen de esta misma fractura: el tiempo, las circunstancias, las escenas se trastocan y generan serios tormentos.
¡La máquina de soñar!  ¡Tan parecida a la piedra filosofal!  ¡Tan parecida a la vida!
Volviendo con nuestro soñador afortunado, quien topó esa noche con la máquina de soñar cuando cerró los ojos, se dispuso entonces a explorar tan curioso artefacto. Sintió la comodidad de nos pensar en nada y con esa levedad se dejó por un zumbido profundo que emergía de su pecho…instintivamente tuvo la certeza de andar a través de una neblina que le recordó su pueblo natal. La neblina se hizo luz y la luz espejo. Allí se vio reflejado y sin vértigo cruzó un vacío, dejando atrás el mundo de los despiertos.
-Bebe las instrucciones- le dijo una voz y él se dejó embriagar por el color violeta que humedeció su paladar. Sólo así pudo acceder a un compartimiento giratorio, no más grande que una cabina telefónica, desde cuyo techo colgaban hilos multicolores que terminaban siendo raíces humedecidas por la brisa. Pasó su mano por entre los hilos y comprobó que su corazón le imprimía un ritmo a la danzarina caricia de aquellos hilos. Tomó uno de ellos y apareció ante él, enternecida para un beso, el pétalo de una rosa, se dejó atraer por su brillo y al acercar su boca el pétalo se convirtió en unos labios y de pronto el perfume de una mujer se precipito cálidamente sobre su cuerpo desnudo. Besó también la espalda de la amante sin nombre, apartó los temblores del sudor de otras pieles, desnudó su ternura como quiso soñarlo, hallo la húmeda sombra por aquellas praderas, se entregaron en salvaje jornada de seres terrenales, buscaron sus estrellas en el último rincón de sus quejidos, miraron hacia el cielo y nada preguntaron para seguir soñando.
Al abrir sus ojos el soñador sabía que el cordón escarlata era el portal por donde lo conducía sus más primario instinto de deseo y su necesidad de amar y ser amado.  
La curiosidad ya se había apoderado de nuestro soñador y con códigos instruccionales ya incorporados a su conciencia, pensó seriamente que para la siguiente noche abordaría el sueño del viajero. Le emocionaba la idea de visitar lugares que su limitada condición de prisionera no le permitía.
Su rutina diaria se hizo ligera: la requisa en su celda, el insípido desayuno, la charla habitual con su compañero de celda, el cigarrillo, los ejercicios físicos, la agitación de un almuerzo pastoso y grasiento, los amenazantes conatos de violencia, el baño colectivo, el juego de cartas, otra vez la requisa, otra vez el cigarro, otra vez la violencia…
Al llegar la noche nuestro soñador sabía que su máquina de soñar estaba allí, al alcance de su voluntad.
Cuando todas las luces se apagaron y se extinguieron los últimos brillos de los cigarrillos, ya el soñador estaba preparado para activar el dispositivo que le llevaría lejos de aquella maloliente celda.
Cerró los ojos y con su mente en blanco se dejó seducir por un lejano runruneo de algún vehículo que se alejaba…entro a la estación, miró hacia una especie de panel dorado desde donde colgaban hilos verdes fosforescentes, los tocó con delicadeza y estaba ya dentro de un tren, cruzando las praderas de un lugar sin nombre. El mosaico vegetal se filtraba por los ventanales como una secuencia fotográfica y una música frenética se extendió por toda la estancia y ya no era el vagón lo que contenía a nuestro soñador si no una calle ancha, colorida y alegre. Caminó por entre el bullicio y dos amigos de su juventud le invitaron un trago. Juntos se sumaron al ritmo de un baile colectivo. Después la playa vino hacia sus pies y el sol se complació en templar su piel morena. La inmensidad del cielo le hizo ser gaviota y desde su vuelo pudo ver a un pueblo como el de sus abuelos. Vio cómo un río se acercaba a la playa y por un recodo unos niños jugaban distraídos.
Dejó de ser gaviota y su cuerpo se hizo nube y al sentir que se precipitaba en alegría el sol reapareció y le despertó. Había amanecido en la celda 38.
En aquel medio día la prisión se agitó. Lo que se venía cocinando a fuego lento como una protesta por las inhumanas condiciones de la penitenciaria estalló en un amotinamiento promovido por los presos más antiguos. Como un estallido se fue extendiendo la algarabía en otras celdas. Un grupo de convictos ya tenían el control de los pasillos que daban acceso a las celdas del nivel dos, donde estaba nuestro soñador. Con vigas de hierro fueron destrozando las cerraduras de las celdas e inmediatamente ordenaron a todos concentrarse en el área del comedor, espacio adyacente a las áreas administrativas  ya estaba bloqueadas por otro grupo.  El soñador  supo que tenían a unos guardias secuestrados y en medio de la confusión estuvo a punto de ser agredido por uno de los líderes del motín.
Ya en el comedor se produjo la pugna entre los amotinados y el escuadrón de la guardia quienes en posición en la parte administrativa permitieron el avance  de otros cordones de seguridad, mientras tanquetas y tropa bien pertrechada rodeaban todo el edificio. El enfrentamiento era inminente, pese a los intentos de negociación frustrados en la enorme confusión. De pronto unas detonaciones se oyeron y la confusión se apoderó del ambiente. Bombas lacrimógenas rodaron por todos lados y un escuadrón incursionó hacia el interior de las áreas precariamente controladas por los amotinados. Más disparos se precipitaron por varios flancos y algunos impactaban en las paredes del comedor. Algunos convictos cayeron al suelo y una bala alcanzó la humanidad de nuestro soñador quien rodó entre el desorden de mesas, sillas y cuerpos humanos.
Al imponerse el control por parte de la guardia, nuestro soñador fue trasladado hasta la enfermería. Su estado era delicado. Mientras las enfermeras empujaban la camilla a través de un iluminado pasillo, el soñador solo pensaba en la posibilidad de conectarse a su máquina de soñar para escapar de este desesperante trance. La noche se acercaba y en un ambiente convulsionado sintió que entraba en una sala fría donde se oían quejidos de dolor por todas partes. La noche encontró nuestro soñador conectado a tuberías de oxigeno y sus venas unidas a sondas por donde le suministraban algún tipo de medicina…abrió los ojos, miró a su alrededor y la luz de un reflector le impedía detallar los objetos y la situación en la que se encontraba. No sabía cuál era el diagnóstico de su caso. Cerró los ojos, puso su mente en blanco y unos hilos anaranjados se le precipitaron cerca de su rostro, sintió tranquilidad y débilmente alzó su mano, la sensación al contacto con los hilos colgantes fue de lluvia, lluvia continua y transparente. Alguien le puso una manta en la cabeza y sintió que le secaron los pies- ¡Hijo!- escucho decir – era su madre, con su pelo canoso y su rostro moreno, luciendo aquel vestido blanco, el mismo vestido con el que la vio en el ataúd aquel mayo lluvioso, un año antes de haber sido condenado a prisión.
Esta vez la sintió viva, como en sus mejores tiempos cuando destripaba con alegría el pescado que Ignacio, su marido, le traía de sus jornadas pesqueras en alta mar. Portadora de una energía sublime lo levanto de su postración y juntos se incorporaron hacia una arboleda, donde el olor a tierra mojada y a jazmines indicaba la cercanía del huerto del abuelo. Efectivamente allí estaba el abuelo, en su huerta, regando los brotes de lechuga y las matas de yuca, y más allá, ladrándole a los pájaros, su amado perro Zeús, quien al verlo se le abalanzó en una descarga frenética de cariño. Juguetearon, y el soñador se le acercó al abuelo y lo abrazo. El abuelo le dijo:- ¡Dios te bendiga hijo! Estamos contigo, que bueno que has llegado. Estamos contigo.


-No sientas tristeza, hoy no habrá dolor ni  miedo- le dijo la madre.
 La música festiva se dejo oír desde el muelle y una llovizna enalteció el gozo de unos tambores nobles que acompañaban un canto negroide casi al ritmo de su corazón, evocando esos días cuando bailaba en la playa, en aquellas algarabías sin fin.
Pero quiso quedarse en la casa que le ofrecía ese calor de hogar que tanto añoraba. Fueron hasta una amplia sala cuyas paredes exhibían fotografías de su infancia y de su adolescencia, sobre una mesa un cuaderno escolar con su nombre abrió sus páginas, sintió el impulso de escribir un asunto pendiente, una revelación indescifrable, de manera que puso la palma de su mano sobre la hoja y una mariposa emergió de aquel contacto y extendió su vuelo a través de la ventana para perderse como un destello en el cielo.

Besó el rostro de su madre, sonrío y sintió nuevamente su hogar, su libertad.
En la celda n° 38, el catre de nuestro soñador fue ocupado por otro prisionero, quien vio en una pequeña mesa un papel de cuaderno escolar  arrugado y frágil. Con  curiosidad leyó lo allí escrito con una firme ortografía: “ la vida es un sueño, y la máquina de soñar te pertenece”.



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