El sueño, de Dalí
LA MAQUINA DE SOÑAR.
Aquella noche y por accidente
se encontró con la máquina de soñar. No era una máquina común como quizá
imaginamos. No podía serlo tratándose de la sustancia etérea que procesaba:
nada más y nada menos que los sueños.
Alguien la inventó y la dejó
allí en el cruce del tiempo, entre los deseos y el miedo. Un dispositivo
primoroso de hilos multicolores que tomaba su energía vital de las estrellas,
pues según se le mostró al afortunado solador en el primer sueño instruccional,
nuestro espíritu y cuerpo, que son uno solo, vienen de allí, de las estrellas,
en ellas reposa la energía primogénita de todos nuestros sueños.
La maquina en cuestión se ve
con los ojos cerrados y la mente en neutro. Su activación deriva de una serie
de texturas que deberán ser percibidas por algunos recuerdos. Al encenderse un
dinamo termo-afectivo conectado a los latidos de nuestros corazones, el portal de
los sueños se abre. Una fuerza ingrávida nos toma y nos coloca en una especie
de capsula cósmica en cuya atmósfera se condensa el tiempo y el espacio. Desde
ese momento comienzan a fluir imágenes, en un inicio, aleatorias, caprichosas.
Lo más sorprendente, el
soñador bien instruido, puede elegir el tipo de sueños que prefiere abordar.
Hay diferentes renglones a escoger: las de sexo están entre las preferidas.
Algo de eso lo había advertido un estudioso de la mente humana quien se
adentró, sin llegar a descubrir ésta máquina, en esa dimensión.
Pero bien…el soñador está en
la libertad de soñar lo que el devenir de la sangre estelar va dejando en un
tiempo de ayer y del mañana.
También los hay de viajes a
diversas regiones, de manera que el soñador puede, en circunstancias tan reales
según la intensidad de su deseo, conocer inexploradas e ignotas geografías
planetarias, a demás de las que sus pasos ya han andado.
Los sueños con seres queridos,
muertos o vivos son también otra opción. Si se trata de seres vivos, el sueño
completa lo que pudo haber sido una situación con tal o cual persona, ya sea de
trabajo, estudio, afectiva, recreativa o de otra índole.
Si el caso es con difuntos, la
maquina prácticamente resucita en imágenes vivas a quien por alguna circunstancia
ya falleció. ¡Ah este renglón también incluye la conexión con animales! Los
sueños de esta naturaleza son reconfortantes y contribuyen en el alivio de la
pena y el luto. El soñador siente como si la muerte ya no fuera un misterio o
un abismo, si no que se presenta como un paraje muy dinámico el cual se puede
visitar y regresar en cuanto el soñador despierta.
Cada máquina es personalizada,
pero en general, sus intrincados mecanismos son los mismos para todos, pues en
definitiva todos formamos parte de un mismo sueño.
¡Ah s me olvidaba! Las
pesadillas…la máquina también tiene sus destellos de tragedia y las mismas
sobrevienen cuando algún mecanismo, alguna conexión o algún dispositivo presentan
ciertos desperfectos, ya sea por descuido en el mantenimiento necesario entre
los nexos del ser y la máquina o por abuso en la utilización de este novedoso
instrumento.
Las pesadillas que la
humanidad ha padecido y padece devienen de esta misma fractura: el tiempo, las
circunstancias, las escenas se trastocan y generan serios tormentos.
¡La máquina de soñar! ¡Tan parecida a la piedra filosofal! ¡Tan parecida a la vida!
Volviendo con nuestro soñador
afortunado, quien topó esa noche con la máquina de soñar cuando cerró los ojos,
se dispuso entonces a explorar tan curioso artefacto. Sintió la comodidad de
nos pensar en nada y con esa levedad se dejó por un zumbido profundo que
emergía de su pecho…instintivamente tuvo la certeza de andar a través de una neblina
que le recordó su pueblo natal. La neblina se hizo luz y la luz espejo. Allí se
vio reflejado y sin vértigo cruzó un vacío, dejando atrás el mundo de los
despiertos.
-Bebe las instrucciones- le
dijo una voz y él se dejó embriagar por el color violeta que humedeció su
paladar. Sólo así pudo acceder a un compartimiento giratorio, no más grande que
una cabina telefónica, desde cuyo techo colgaban hilos multicolores que
terminaban siendo raíces humedecidas por la brisa. Pasó su mano por entre los
hilos y comprobó que su corazón le imprimía un ritmo a la danzarina caricia de
aquellos hilos. Tomó uno de ellos y apareció ante él, enternecida para un beso,
el pétalo de una rosa, se dejó atraer por su brillo y al acercar su boca el
pétalo se convirtió en unos labios y de pronto el perfume de una mujer se
precipito cálidamente sobre su cuerpo desnudo. Besó también la espalda de la
amante sin nombre, apartó los temblores del sudor de otras pieles, desnudó su
ternura como quiso soñarlo, hallo la húmeda sombra por aquellas praderas, se
entregaron en salvaje jornada de seres terrenales, buscaron sus estrellas en el
último rincón de sus quejidos, miraron hacia el cielo y nada preguntaron para
seguir soñando.
Al abrir sus ojos el soñador
sabía que el cordón escarlata era el portal por donde lo conducía sus más
primario instinto de deseo y su necesidad de amar y ser amado.
La curiosidad ya se había
apoderado de nuestro soñador y con códigos instruccionales ya incorporados a su
conciencia, pensó seriamente que para la siguiente noche abordaría el sueño del
viajero. Le emocionaba la idea de visitar lugares que su limitada condición de
prisionera no le permitía.
Su rutina diaria se hizo
ligera: la requisa en su celda, el insípido desayuno, la charla habitual con su
compañero de celda, el cigarrillo, los ejercicios físicos, la agitación de un
almuerzo pastoso y grasiento, los amenazantes conatos de violencia, el baño
colectivo, el juego de cartas, otra vez la requisa, otra vez el cigarro, otra
vez la violencia…
Al llegar la noche nuestro
soñador sabía que su máquina de soñar estaba allí, al alcance de su voluntad.
Cuando todas las luces se
apagaron y se extinguieron los últimos brillos de los cigarrillos, ya el
soñador estaba preparado para activar el dispositivo que le llevaría lejos de
aquella maloliente celda.
Cerró los ojos y con su mente
en blanco se dejó seducir por un lejano runruneo de algún vehículo que se
alejaba…entro a la estación, miró hacia una especie de panel dorado desde donde
colgaban hilos verdes fosforescentes, los tocó con delicadeza y estaba ya
dentro de un tren, cruzando las praderas de un lugar sin nombre. El mosaico
vegetal se filtraba por los ventanales como una secuencia fotográfica y una
música frenética se extendió por toda la estancia y ya no era el vagón lo que
contenía a nuestro soñador si no una calle ancha, colorida y alegre. Caminó por
entre el bullicio y dos amigos de su juventud le invitaron un trago. Juntos se
sumaron al ritmo de un baile colectivo. Después la playa vino hacia sus pies y
el sol se complació en templar su piel morena. La inmensidad del cielo le hizo
ser gaviota y desde su vuelo pudo ver a un pueblo como el de sus abuelos. Vio
cómo un río se acercaba a la playa y por un recodo unos niños jugaban
distraídos.
Dejó de ser gaviota y su
cuerpo se hizo nube y al sentir que se precipitaba en alegría el sol reapareció
y le despertó. Había amanecido en la celda 38.
En aquel medio día la prisión
se agitó. Lo que se venía cocinando a fuego lento como una protesta por las
inhumanas condiciones de la penitenciaria estalló en un amotinamiento promovido
por los presos más antiguos. Como un estallido se fue extendiendo la algarabía
en otras celdas. Un grupo de convictos ya tenían el control de los pasillos que
daban acceso a las celdas del nivel dos, donde estaba nuestro soñador. Con
vigas de hierro fueron destrozando las cerraduras de las celdas e
inmediatamente ordenaron a todos concentrarse en el área del comedor, espacio
adyacente a las áreas administrativas ya
estaba bloqueadas por otro grupo. El
soñador supo que tenían a unos guardias
secuestrados y en medio de la confusión estuvo a punto de ser agredido por uno
de los líderes del motín.
Ya en el comedor se produjo la
pugna entre los amotinados y el escuadrón de la guardia quienes en posición en
la parte administrativa permitieron el avance
de otros cordones de seguridad, mientras tanquetas y tropa bien
pertrechada rodeaban todo el edificio. El enfrentamiento era inminente, pese a
los intentos de negociación frustrados en la enorme confusión. De pronto unas
detonaciones se oyeron y la confusión se apoderó del ambiente. Bombas
lacrimógenas rodaron por todos lados y un escuadrón incursionó hacia el
interior de las áreas precariamente controladas por los amotinados. Más disparos
se precipitaron por varios flancos y algunos impactaban en las paredes del
comedor. Algunos convictos cayeron al suelo y una bala alcanzó la humanidad de
nuestro soñador quien rodó entre el desorden de mesas, sillas y cuerpos
humanos.
Al imponerse el control por
parte de la guardia, nuestro soñador fue trasladado hasta la enfermería. Su
estado era delicado. Mientras las enfermeras empujaban la camilla a través de
un iluminado pasillo, el soñador solo pensaba en la posibilidad de conectarse a
su máquina de soñar para escapar de este desesperante trance. La noche se
acercaba y en un ambiente convulsionado sintió que entraba en una sala fría
donde se oían quejidos de dolor por todas partes. La noche encontró nuestro
soñador conectado a tuberías de oxigeno y sus venas unidas a sondas por donde
le suministraban algún tipo de medicina…abrió los ojos, miró a su alrededor y
la luz de un reflector le impedía detallar los objetos y la situación en la que
se encontraba. No sabía cuál era el diagnóstico de su caso. Cerró los ojos,
puso su mente en blanco y unos hilos anaranjados se le precipitaron cerca de su
rostro, sintió tranquilidad y débilmente alzó su mano, la sensación al contacto
con los hilos colgantes fue de lluvia, lluvia continua y transparente. Alguien
le puso una manta en la cabeza y sintió que le secaron los pies- ¡Hijo!-
escucho decir – era su madre, con su pelo canoso y su rostro moreno, luciendo
aquel vestido blanco, el mismo vestido con el que la vio en el ataúd aquel mayo
lluvioso, un año antes de haber sido condenado a prisión.
Esta vez la sintió viva, como
en sus mejores tiempos cuando destripaba con alegría el pescado que Ignacio, su
marido, le traía de sus jornadas pesqueras en alta mar. Portadora de una
energía sublime lo levanto de su postración y juntos se incorporaron hacia una
arboleda, donde el olor a tierra mojada y a jazmines indicaba la cercanía del
huerto del abuelo. Efectivamente allí estaba el abuelo, en su huerta, regando
los brotes de lechuga y las matas de yuca, y más allá, ladrándole a los
pájaros, su amado perro Zeús, quien al verlo se le abalanzó en una descarga
frenética de cariño. Juguetearon, y el soñador se le acercó al abuelo y lo
abrazo. El abuelo le dijo:- ¡Dios te bendiga hijo! Estamos contigo, que bueno
que has llegado. Estamos contigo.
-No sientas tristeza, hoy no
habrá dolor ni miedo- le dijo la madre.
La música festiva se dejo oír desde el muelle
y una llovizna enalteció el gozo de unos tambores nobles que acompañaban un
canto negroide casi al ritmo de su corazón, evocando esos días cuando bailaba
en la playa, en aquellas algarabías sin fin.
Pero quiso quedarse en la casa
que le ofrecía ese calor de hogar que tanto añoraba. Fueron hasta una amplia
sala cuyas paredes exhibían fotografías de su infancia y de su adolescencia,
sobre una mesa un cuaderno escolar con su nombre abrió sus páginas, sintió el
impulso de escribir un asunto pendiente, una revelación indescifrable, de
manera que puso la palma de su mano sobre la hoja y una mariposa emergió de
aquel contacto y extendió su vuelo a través de la ventana para perderse como un
destello en el cielo.
Besó el rostro de su madre,
sonrío y sintió nuevamente su hogar, su libertad.
En la celda n° 38, el catre de
nuestro soñador fue ocupado por otro prisionero, quien vio en una pequeña mesa
un papel de cuaderno escolar arrugado y
frágil. Con curiosidad leyó lo allí
escrito con una firme ortografía: “ la vida es un sueño, y la máquina de soñar
te pertenece”.

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