CLEOFE
SE ACOSTUMBRÓ A VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE.
De Cleofe se dice que
vive con los duendes, y eso sucede desde que se escuchan ruidos raros durante
las noches profundas de Palo Verde, pequeño pueblo sanareño que recuesta su
tapiz de variado verdor a los pies de la cordillera andina, en el estado Lara.
Ella vive en el cerro
que mira desde su desafortunada aridez a la majestuosa montaña, la de “La
Fumorola”, desentonando con sus cujíes y amargosos en un paisaje neblinoso que
se extiende hacia el sur entre helechos, sauces y tierra generosa para el cultivo.
Las cotizas de Cleofe
han fundado caminos por estos tunales, han pisoneado pajonales y cadillos,
desafiando aguaceros y sequias, han llegado más allá, lejos, donde se sospecha
que el arcoíris inclina su largo y curvado cuello de colores hasta terminar en
una enorme cabeza de burro que bebe agua de pozos, quebradas y lagunas.
En tiempos de semana
santa, los duendes deambulan por los montes silvestres; por la cueva del
zamuro, por la Triguera, por el zanjón de “Las Rositas”, donde nace el agua
viva y las mujeres acuden a lavar ropas, con la desdicha que al dejarlas
tendidas al sol, al volver, las encuentran revolcadas y manchadas de barro, con
huellas pequeñitas; los duendes burlones, según el decir de la gente suelen
hacer esto a las lavanderas distraídas.
Cuando ya poco se
hablaba de duendes, en tiempos cuando la bombilla de luz eléctrica iba haciendo
más dóciles los cuentos de muertos y aparecidos, y la evocación de aquellas
criaturas no era insuficiente artilugio para recoger a los muchachos de sus
juegos callejeros y mandarlos a la cama, la casa de Cleofe permanecía atrapada
en una atmosfera de miedo y lejanía. Ella, su inocencia e ingenuidad,
contribuían para que aquel patrimonio de misterio local siguiera de boca en
boca en el pueblo. Los duendes de Cleofe, en consecuencia, si existían.
A Cleofe le querían
echar una maldad, según se comentaba en la pulpería del pueblo: “Dizque le enterraron unos jústanes en el patio de su
casa- decía Doña Fortunata, mientras Juan Antonio le despachaba el kilo de
quinchoncho y el papelón.
¡Ah! Eso es maldad de
la gente, no ve que vive íngrima y sola allá en ese cerro- Murmuro Crispiniano,
al tiempo que lanzaba al suelo un escupitajo de chimó.
Pues yo creo –agrega
Juan Antonio- que el empeño que tienen es pa’ quitale el terrenito…untualito
hay mucho pícaro que de la noche a la mañana le quieren echa alambre e ‘púa a
toiticos esos cerros…bueno, eso es lo que dicen porai.
Lo cierto fue que la
vida de Cleofe no tuvo muchos contratiempos con el asunto de los duendes, poco
le preocupaban las habladurías, y se fue acostumbrando a dormir con los ruidos
que se oían desde el fogón, o los pasitos que se sentían en el techo, o las
risitas que se oían en la troja. Terminó por hacerse parte de ese mundo; Cleofe
se acostumbró a vivir con los duendes y ellos con Cleofe.
Cleofe seguía
recogiendo la leña por esos montes, teniendo como acompañante a un perro flaco
y orejón. Por los caminos que resbalan caprichosamente sobre los lomos del
cerro, se veía, de vez en cuando, un haz de leña, como en lejana levitación,
andando en la peregrinación de aquellas soledades, pero debajo estaba, con el
paso lento de sus cotizas, la pequeña Cleofe, con aquella paciencia, fuente de
toda su fortaleza, con la carga sobre su cabeza en perfecto equilibrio. En una
mano el machete y en la otra un garabato. Su vestimenta: un vestido de flores
desteñidas y un saco oscuro y polvoriento donde guardaba las muchas neblinas de
tiempos fríos junto con el aroma del oreganal y el bojote de chimó.
Sin duda era ella la
que se acercaba, a juzgar por los ladridos de su perro y porque al llegar al
mogote que antecede a la estropeada puerta de carrizos, salían en estampida a
su encuentro, desde la cocina, un rebañito de “curíes”. Se llegó a pensar que
los duendes, durante el día, se convertían en “curíes” para poder andar por ahí,
sin mucha preocupación.
Sus cien años y algo
más lleva Cleofe sin querer bajar del cerro para mudarse a otro lado. Todavía
de su casita de barro, cuyo techo parece ya pesarle demasiado, sale el humo a
través de una torcida chimenea. Todavía va a “Las Rositas” a buscar agua en el
manantial.
Cleofe aun no ha
muerto, y creo que no lo hará; ella se irá con los duendes a buscar chamizas
para hacer su fogón, e inventar, para cuando vuelva la sequía, un rebañito de
nubes blancas y con ellas, como un velo de escarcha, bajará la lluvia suavecita
que nos hará recordarla.
Nelson Ures.

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