domingo, 28 de agosto de 2016

CLEOFE SE ACOSTUMBRÓ A VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE...

CLEOFE SE ACOSTUMBRÓ A VIVIR CON LOS DUENDES Y ELLOS CON CLEOFE.
De Cleofe se dice que vive con los duendes, y eso sucede desde que se escuchan ruidos raros durante las noches profundas de Palo Verde, pequeño pueblo sanareño que recuesta su tapiz de variado verdor a los pies de la cordillera andina, en el estado Lara.
Ella vive en el cerro que mira desde su desafortunada aridez a la majestuosa montaña, la de “La Fumorola”, desentonando con sus cujíes y amargosos en un paisaje neblinoso que se extiende hacia el sur entre helechos, sauces y tierra generosa para el cultivo.
Las cotizas de Cleofe han fundado caminos por estos tunales, han pisoneado pajonales y cadillos, desafiando aguaceros y sequias, han llegado más allá, lejos, donde se sospecha que el arcoíris inclina su largo y curvado cuello de colores hasta terminar en una enorme cabeza de burro que bebe agua de pozos, quebradas y lagunas.
En tiempos de semana santa, los duendes deambulan por los montes silvestres; por la cueva del zamuro, por la Triguera, por el zanjón de “Las Rositas”, donde nace el agua viva y las mujeres acuden a lavar ropas, con la desdicha que al dejarlas tendidas al sol, al volver, las encuentran revolcadas y manchadas de barro, con huellas pequeñitas; los duendes burlones, según el decir de la gente suelen hacer esto a las lavanderas distraídas.
Cuando ya poco se hablaba de duendes, en tiempos cuando la bombilla de luz eléctrica iba haciendo más dóciles los cuentos de muertos y aparecidos, y la evocación de aquellas criaturas no era insuficiente artilugio para recoger a los muchachos de sus juegos callejeros y mandarlos a la cama, la casa de Cleofe permanecía atrapada en una atmosfera de miedo y lejanía. Ella, su inocencia e ingenuidad, contribuían para que aquel patrimonio de misterio local siguiera de boca en boca en el pueblo. Los duendes de Cleofe, en consecuencia, si existían.
A Cleofe le querían echar una maldad, según se comentaba en la pulpería del pueblo: “Dizque  le enterraron unos jústanes en el patio de su casa- decía Doña Fortunata, mientras Juan Antonio le despachaba el kilo de quinchoncho y el papelón.
¡Ah! Eso es maldad de la gente, no ve que vive íngrima y sola allá en ese cerro- Murmuro Crispiniano, al tiempo que lanzaba al suelo un escupitajo de chimó.
Pues yo creo –agrega Juan Antonio- que el empeño que tienen es pa’ quitale el terrenito…untualito hay mucho pícaro que de la noche a la mañana le quieren echa alambre e ‘púa a toiticos esos cerros…bueno, eso es lo que dicen porai.
Lo cierto fue que la vida de Cleofe no tuvo muchos contratiempos con el asunto de los duendes, poco le preocupaban las habladurías, y se fue acostumbrando a dormir con los ruidos que se oían desde el fogón, o los pasitos que se sentían en el techo, o las risitas que se oían en la troja. Terminó por hacerse parte de ese mundo; Cleofe se acostumbró a vivir con los duendes y ellos con Cleofe.
Cleofe seguía recogiendo la leña por esos montes, teniendo como acompañante a un perro flaco y orejón. Por los caminos que resbalan caprichosamente sobre los lomos del cerro, se veía, de vez en cuando, un haz de leña, como en lejana levitación, andando en la peregrinación de aquellas soledades, pero debajo estaba, con el paso lento de sus cotizas, la pequeña Cleofe, con aquella paciencia, fuente de toda su fortaleza, con la carga sobre su cabeza en perfecto equilibrio. En una mano el machete y en la otra un garabato. Su vestimenta: un vestido de flores desteñidas y un saco oscuro y polvoriento donde guardaba las muchas neblinas de tiempos fríos junto con el aroma del oreganal y el bojote de chimó.
Sin duda era ella la que se acercaba, a juzgar por los ladridos de su perro y porque al llegar al mogote que antecede a la estropeada puerta de carrizos, salían en estampida a su encuentro, desde la cocina, un rebañito de “curíes”. Se llegó a pensar que los duendes, durante el día, se convertían en “curíes” para poder andar por ahí, sin mucha preocupación.
Sus cien años y algo más lleva Cleofe sin querer bajar del cerro para mudarse a otro lado. Todavía de su casita de barro, cuyo techo parece ya pesarle demasiado, sale el humo a través de una torcida chimenea. Todavía va a “Las Rositas” a buscar agua en el manantial.
Cleofe aun no ha muerto, y creo que no lo hará; ella se irá con los duendes a buscar chamizas para hacer su fogón, e inventar, para cuando vuelva la sequía, un rebañito de nubes blancas y con ellas, como un velo de escarcha, bajará la lluvia suavecita que nos hará recordarla.
Nelson Ures.