LA PALABRA, AQUELLA PALABRA.
Nelson Ures Villegas.
Cuando la palabra, aquella palabra,
estaba en la memoria de una sola persona, la única que la albergó en su voz
para nombrar lo que ya otros habían olvidado, temió definitivamente por su
muerte, por el abismo que la condenaría irremediablemente al silencio, ese silencio petrificado
en un eco sin dueño y sin brillo, tal como lo había soñado aquella lejana
noche, afectada por el fallecimiento de la esposa del portador de su espíritu y
sonido.
Se apresuró a ser lo suficientemente
útil como para que el portador de su frágil melodía la tuviera a su
disposición.
Pensó convertirse en canción, en
sentimiento, en muletilla para cualquier circunstancia donde el lenguaje fuera
requerido. Aquel hombre entonces la utilizaba para su propio soliloquio, para
su requerimiento íntimo, para sus nostalgias. Pero un día, cuando fue visitado
por sus hijos que vivían lejos, en la ciudad, los recibió con gran regocijo y
nombró la palabra, aquella palabra. Notó que sus hijos y su pequeña hija, quien
allí estaba también, se miraron extrañados y luego dejaron escapar,
disimuladamente, unas risitas. La niña por su parte se sintió apenada, algo
incómoda por la situación.
La palabra quedó muy preocupada ante
aquel episodio, temió por lo peor; ser la vergüenza de su exclusivo
portador.
La pobre, afectada ya seriamente por el
síndrome de la soledad, observó a su alrededor y las otras palabras saltaban y
rozaban unas con otras, lanzando chispitas de vivo sonido.
- ¿Me quedaré muda? Se dijo.
- ¿Me quedaré ciega? Pensó.
- ¿Y si me dejan allí tirada y me usan
para otro significado que no es el mío, el que originalmente se me otorgó?
El hombre ya había aprendido a usar
otras palabras que antes le resultaban un tanto raras y sus compañeros se lo
celebraban como si hubiera alcanzado una cima o algo así.
La palabra vio su significado, ese que
convivió tanto tiempo con ella, acurrucado en las páginas de un viejo cuaderno
que el hombre guardaba junto a una fotografía de su familia.
La palabra sabía que allí aún quedaba
algo del néctar que alimentaba su convaleciente espíritu.
Otras palabras se fueron de fiesta
aquella noche con los hijos mayores del hombre. Sólo la hija pequeña se quedó,
pues estaba cansada por el viaje.
En la madrugada, la palabra, aquella
palabra, escuchó un alboroto y pensó que vendrían por fin a silenciarla en el
olvido. Eran las otras palabras que habían tenido una riña y aún vociferaban
sus interesadas vibraciones, entre ellas; la palabra dinero, la palabra mío, la
palabra odio, y otras muy feas y en un tono altanero.
El hombre supo que sus hijos se
disputaban la herencia de lo que él supuestamente dejaría al morir.
Ciertamente, su edad y su salud no le presagiaba un buen panorama.
Se entristeció y quiso calmar a sus hijos,
pero el ambiente estaba muy tenso.
La palabra se acomodó silenciosamente en
el viejo cuaderno, sabiendo que en momentos así el hombre acudía a aquellas
páginas y solía mirar por un largo rato la fotografía donde se veía él junto a
su mujer, quien lucía una bella sonrisa, y a sus hijos aún pequeños. Así lograba consuelo
ante la soledad y la incomprensión. La palabra se iluminó ante los ojos llorosos
de aquel hombre. Parecía que quería comunicarle algo.
Fue entonces cuando el hombre tomó la
foto y fijó su mirada en la imagen de su pequeña hija. Leyó lentamente la
palabra, aquella palabra con la que el cuaderno y la fotografía habían
establecido un lazo de amistad. Inmediatamente fue al cuarto donde dormía su
hijita, se le acercó con cuidado y le susurró al oído la palabra AMOR.
La niña siguió durmiendo y soñó. Revivió
en sus sueños las caricias de su madre, la canción de cuna con la que solía
dormirse, los juegos que su papá le enseñaba, las correrías en el patio con el
perro que su abuelo le regaló, sintió en el paladar la dulzura de un durazno,
se sonrió y siguió durmiendo feliz.
Al amanecer, las otras palabras aún
hacían ruido en la sala y se sorprendieron cuando la palabra, aquella palabra
murmuró su vieja canción y con un limpio brillo en su sonido pareció recobrar
fuerzas.
Ha pasado algún tiempo de aquel momento,
el hombre, portador de la palabra murió, sus hijos lo enterraron y un abogado
se encargó de arreglar ante un juez la herencia entre sus descendientes.
La muchacha, la del sueño, ante la
sorpresa de todos, solo pidió que a ella le dejarán el cuaderno y la
fotografía.
La palabra, aquella palabra que ya
ustedes saben cuál es y quizá resuene en sus corazones, se quedó con la
muchacha. En el viejo cuaderno la chica, ya joven y estudiante universitaria,
escribió un hermoso poema con el que a su vez compuso una canción. Algunos, al
escucharla, no pueden evitar sentir la brillante y agradable frescura de la
felicidad, junto a otras hermosas palabras que se pudieron salvar también con la palabra, aquella palabra que los mejores
seres humano convirtieron en su más elevado himno de bondad y libertad.
Barquisimeto, Venezuela.
13 de febrero de 2022.