domingo, 27 de mayo de 2018

Bajo el Castaño


LA MUERTE EN LA OBRA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ



LA MUERTE: PERSONAJE Y CIRCUNSTANCIA EN LA OBRA DE
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ.
                                               Nelson Ures. (23 de mayo de 2018)
No tengo ni virtud ni herramientas para la crítica literaria. Solo soy un aficionado de las letras pasando un buen rato en la genialidad de los virtuosos; un gato mirando la noche estrellada, maullando en el éxtasis de tan posesiva inmensidad.
Pero permítaseme la cavilación especulativa para mi propio placer y mi singular regocijo, y además alcanzar la posible comunión o entrecruzamiento de caminos con quien desde la fortuna de la lectura ojee estos sencillos comentarios sobre la obra literaria de uno de mis autores favoritos: Gabriel García Márquez.
Es éste un mero ejercicio de exegesis, guiado, sin ocultamiento alguno, por la admiración, lo que seguramente impregnará estas líneas de una subjetividad que no me avergüenza, pero me asegura la prolongación de un goce ante el encuentro con el maravilloso mundo narrativo de El Gabo.
Por ello me aparto de cualquier pose de pretendida erudición en esta aventurada travesía de comentar la obra de nuestro premiado escritor. Otros, sobradamente dotados de la suspicacia y sapiencia en el oficio ya lo han hecho desde diferentes perspectivas para valorar  las múltiples dimensiones de tan monumental creación artística.
Me ha impactado en las obras del ilustre colombiano la recurrente presencia de la muerte, urdiendo, como  hilo conductor en el desenvolvimiento de los seres en su tiempo, la narrativa de ese “único libro” que constituye la obra total del escritor, conformando la atmósfera, la trama y proyección de desenlaces inacabados derivados de la muerte, como un fuego perenne en el acontecer de un espacio poblado de acertijos y destinos ya anunciados.
Sé que varios analistas  han tratado este tema, como es el caso de Ariel Dofman en su artículo titulado “La muerte como acto imaginario en Cien años de soledad” (en imaginación y violencia en América Latina), o también en la presentación que el escritor peruano Mario Vargas Llosa hace a la edición  conmemorativa publicada por la Real Academia Española (2007) de la novela bajo el título: “Cien años de soledad, realidad total, novela total”. Sin embargo me atrevo a repasar, desde una apreciación particular, los rasgos asimilados en mi condición de lector medianamente instruido, de tan curiosa criatura liberada en los ámbitos terrenales mágico-realista de la obra garciamarquiana.
La cronología de la obra de GGM me obliga a situarme en el año 1955 y encontramos allí a “La hojarasca” desde donde Macondo comienza su rodaje de pueblo fascinantemente fantasmal arrastrando en su espiral el alma cultural de nuestro continente; una cultura signada por el despojo, la violencia y la muerte. Precisamente esa novela nos introduce de un tajo al ámbito de la muerte: “Por primera vez he visto un cadáver”: Testimonio  ensimismado del hijo de Isabel (hija del Coronel Aureliano Buendía), quien desde su perspectiva de niño nos introduce a aquella atmosfera de olores y objetos condenados a una ruina implacable, acopiando para sí los rasgos de ese inapelable momento como observador involuntario en el trajín fúnebre de un hombre recién ahorcado : “Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea”. Isabel, por su parte, nos pone al tanto en su monologo de otros detalles que conforman una historia siempre girando en torno al odiado difunto.
El Coronel Aureliano Buendía, quien en su misericordial compromiso con el Doctor ya sin vida, acude a todo tipo de artificio para propiciar, por lo menos, un entierro decente a quien, según la obstinada venganza de un pueblo, estaba sentenciado a “pudrirse detrás de estas paredes”
La muerte está presente desde el principio al fin de la novela, y así también lo saben los alcaravanes que “cantan cuando sienten el olor a la muerte” y “Ahora sentirán el olor…”  “Ahora todos se pondrán a cantar”.
Siguiendo la secuencia en las obras más representativas de El Gabo (hasta donde me lo permita este ejercicio un tanto intuitivo) nos encontramos con “El Coronel no tiene quien le escriba” (1961). Es indudable que allí también la muerte ronda como el viento que mueve la polvareda de un pueblo moribundo. El asesinato del hijo del Coronel es el acontecimiento que permea cada minuto de la trama como un desvanecimiento, casi fúnebre, en los aciagos días de El Coronel y su mujer, en aquel hostil ambiente donde incluso un entierro “…es un acontecimiento”
Incluso los títulos de la mayoría de las obras, entre novelas, cuentos y reportajes de nuestro ilustre autor nos permite el asomo al tema: “Los funerales de la Mama Grande” (1962), “El otoño del Patriarca” (1975),”Crónica de una muerte anunciada” (1981), “El rastro de tu sangre en la nieve” (1981), “Muerte constante más allá del amor”, y muchos otros títulos, que sin referirse de manera explícita al asunto de la muerte, bordean en torno a  su sustancia neblinosa para luego mostrar sus infalibles garras en el desarrollo ulterior de las respectivas historias, como el caso de “La mala Hora” (1962).
Mención especial haré de tres obras que abundan en expresiones donde la muerte teje su telaraña: Una de ellas “Ojo de perro azul” (1972), en donde el narrador, transmutándose en los personajes de varios cuentos compilados bajo este título, con destellos surrealista, nos refiere un acontecer desde el dilema vida-muerte. Así se expresa en el primer cuento “La tercera resignación” (1947): “Había sentido ese ruido las otras veces, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando, ante la vista de un cadáver,  se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. Él era verdaderamente un cadáver y estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte”.
Ese cadáver, para quien era mejor “dejarse morir de muerte” convierte su angustiosa odisea desde el ataúd en un mundo de imágenes que se constituyen en una dimensión casi tangible su penosa circunstancia.
Así también ocurre en el caso del cuento contenido en esa misma publicación titulado “La otra costilla de la muerte” (1948), donde el personaje expresa su noción desde el otro costado de la existencia, es decir desde la muerte. Desde allí, “Resignado, oyó la gota gruesa, pesada y exacta que golpeaba en el otro mundo equivocado y absurdo de los animales racionales”
Le sigue el cuento “Eva está dentro de su gato” (1948) construido en la incertidumbre de un mundo ambivalente, en vidas que trascienden la temporalidad de simples mortales: “Sólo entonces comprendió ella que había pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primera naranja”.
Si vemos en el cuento que le da título a esta publicación “Ojos de Perro azul” (1950) donde lo onírico está impregnado por esos mismos signos de misterio y desdoblamiento del tiempo, o en el cuento “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles (1951), donde el ir y venir en ese territorio ficcionado de la muerte, nos hace pensar en el boceto de un mundo narrativo de un joven escritor hacia lo que sería su obra cumbre en lo que se denominó el “realismo mágico”. Nos referimos a “Cien años de soledad” donde abunda la alquimia terrenal de los elementos etéreos destinados a transparentar la frontera de esos dos mundos, donde el humano devenir echa a rodar su engranaje de amor, miedo, lucha y soledad.
Antes de detallar cómo en “Cien años de soledad” se percibe este interesante asunto, podemos observar como también en el “Otoño del Patriarca”, en sus primeras líneas ya está recreándose el contexto de su narrativa emanando de las ruinas que va dejando la muerte del Patriarca:
“Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza”
Y así como se inicia esta historia de despotismo arcaico, rancio y decadente, su ciclo cierra dándole paso a la muerte que llama, que convoca inexorablemente a sus dominios a quien creía poseer un poder capaz incluso de desviar su designio:
 “Alguien lo había llamado en el sueño con un nombre que no era el suyo, Nicanor, y otra vez Nicanor…era la muerte mi general, la suya, vestida con una túnica de harapos de fique de penitente, con el garabato de palo en la mano y cráneo sembrado de retoño de algas sepulcrales y flores de tierra en la fisura de los huesos…y solo cuando la vio de cuerpo entero comprendió que lo hubiera llamado Nicanor que es el nombre con que la muerte conoce a todos los hombres en el instante de morir…”
Muertes sublimes, muertes anunciadas, muertes postergadas, muertes en vida, muertes deseadas, muertes sobre muertes, muertes deanvulantes, muertes colectivas, inducidas, provocadas, inesperadas, y hasta muertes absurdas como la del Doctor Juvenal Urbino, personaje tan importante en la trama de “El amor en los tiempos del cólera” quién se había interpuesto a lo largo de la historia en el destino de Florentino Ariza y Fermina Daza, y de pronto, por andar atrapando a su loro entre las ramas de un árbol, se cae y muere. Muerte ésta menos digna que la de aquel pobre hombre en “Cien años de soledad”, quien abrumado de amor, cae del tejado mientras contemplaba la desnudes de Remedios, la Bella, mientras ésta se bañaba. O la del joven Comandante de la Guardia quien en un día de año nuevo amaneció muerto de amor junto a la ventana de esta misma hermosísima mujer. Remedios, la Bella muere prematuramente (aunque no se sabe con precisión si es ésta su muerte), en una tarde de marzo, cuando un delicado viento de luz la elevó entre el aleteo de una sábana  “…en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”
Estando ya en los laberinticos senderos  de la obra capital de Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad” en la cual, desde su arranque magistral, queda en el suspenso la posibilidad de que uno de los principales personajes, El Coronel Aureliano Buendía, aborde el viaje a la otra orilla de la existencia, frente a las armas no disparadas del pelotón de fusilamiento, aquel lunes a las diez y veinte de la mañana, al tiempo que repasaba, entre otros el recuerdo de la tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo (evocación que se repite como en nueve oportunidades a lo largo de la novela). No fue allí su muerte, tampoco fue cuando a las tres y cuarto de la tarde, luego de firmar el fin a su última guerra perdida en el armisticio de Neerlandia, se disparó con un tiro de pistola en el pecho, en el círculo de yodo donde creyó tener el corazón según el compasivo engaño del doctor. Se equivocó su madre Úrsula en su corazonada cuando exclamo “¡Han matado a Aureliano!”. Sobrevivió a catorce atentados y a una carga de estricnina en el café “que habría bastado para matar a un caballo”. Pues no, la muerte impuso su capricho y espero pacientemente que perdiera todas sus treinta y dos batallas; las militares y las cotidianas, espero también a que viera a otros seres queridos morir, que sus ilusiones de grandeza desfallecieran hasta llevarlo a la más enfermiza decepción, refugiándose en la fabricación de pescaditos de oro, y cuando ya su otoño deshojaba hasta su propia dignidad “Metió la cabeza entre los hombros como un pollito y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño”. Una muerte así, con poco honor, tomó de sorpresa al propio Gabriel García Márquez, pues afirmó en una entrevista concedida a Plinio Apuleyo para el libro”El olor de la Guayaba” que una madrugada despertó llorando y le dijo a su esposa: “Ha muerto el Coronel Aureliano Buendía”, (un dato que hace pensar en la autonomía que tomaban algunos acontecimientos en el acto creativo, empujando al autor hacia rumbos que su escritura sencillamente tenía que seguir). Al parecer el Gabo fue el único quien lloró la muerte del Coronel Aureliano Buendía, pues ni siquiera Amaranta se conmovió mientras ayudó a lavar su cuerpo y a vestirlo con sus arreos de guerrero para un funeral sin mención alguna en la novela, y que quizá, solo el propio Coronel vería desde su soledad, a juzgar por la respuesta dada a alguien que le pregunto una tarde: ¿Cómo está Coronel? Y él respondió: “Aquí…esperando que pase mi entierro”
Precisamente, Amaranta nos revela a la muerte como un personaje más de esta novela, parecido recurso al que se nos presenta el autor en el “Coronel no tiene quien le escriba”, en cada caso con rasgos particulares, pero emparentados en una cosmogonía contenida en la cultura latinoamericana y universal. Ya la muerte se le había anunciado a Amaranta con varios años de anticipación:
”La vio un medio día ardiente, cosiendo con ella en el corredor, poco después de que Mene se fuera al colegio. La reconoció en el acto, y no había nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer vestida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con un cierto parecido a Pilar Ternera en la época en que le ayudaba en los oficios de cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no la vio, a pesar de que era tan real, tan humana que en alguna ocasión le pidió a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja. La muerte no le dijo cuándo se iba a morir ni si su hora estaba señalada antes que la de Rebeca, si no que le ordenó empezar a tejer su propia mortaja el próximo seis de abril…”
Allí estaba pues el personaje fatídico, seguramente reflejando las circunstancias que han venido marcando el desarrollo de la trama en cada sujeto. Pero además de personaje, la muerte es un destino, una fatalidad o la prolongación de esos cien años de soledad que Macondo distribuye como una condena hacia todos los que desde su fundación tienen que arrastrar, con amargura, aquel complejo de culpa derivado de una muerte convertida en el ánima en pena de Prudencio Aguilar, asesinado por la lanza de José Arcadio Buendía, en un duelo de honor. La tormentosa presencia del muerto que “lo había mirado desde la lluvia, (con) la honda nostalgia con que añoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando el agua para mojar su tapón de esparto”, le hizo tomar la decisión de irse del pueblo y así, con el estigma de una muerte sin sentido, se lanzó a la travesía de la sierra para fundar Macondo.
Varias pestes azotan al pueblo, entre ellas la del olvido, las del insomnio, y según José Arcadio Buendía hasta “El amor es una peste”. Cada una de ellas contiene la más funesta de todas: la propia muerte, recreándose y reinventándose en el padecimiento trágico y desolador de los macondianos.
Melquiades, el ilustre gitano portador de los pergaminos misteriosos, regresa al pueblo en medio de la endemia de insomnio y pérdida de memoria: “Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, si no con el otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía bien, porque era el olvido de la muerte”.
A Melquiades, quien “había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad”, le llegó también su hora, y la muerte finalmente le dio el zarpazo. “Ese día se metió en el agua por un mal camino y no lo encontraron hasta la mañana siguiente, varios kilómetros más abajo, varado en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en el vientre”.
Particularmente no esperaba la muerte de esta forma para un personaje tan emblemático en la novela; muerte simple y sin rebusques glorificantes, a partir de una equivocación al meterse al agua del río por un mal camino …pero así nos seduce esta historia, con muertes que se parecen tanto a la rutina de la vida y que nos liberan tanto del formalismo lógico de la existencia, para cuando volvamos a encontrarnos con el mismo personaje, y así nos parezca tan natural que terminamos, como el resto de los habitantes del pueblo, aceptando el hecho de su acontecer como parte inherente a la propia dinámica de vida.  
Melquiades, el primer muerto de Macondo, regresó a la casa de los Buendías un medio día ardiente y allí, en el cuarto clausurado, se encuentra de la manera más normal con Aureliano Segundo.
Así, el aguijón de la muerte va distribuyendo su dosis por las casas y rincones de un Macondo que transita hacia una soledad donde concurren, como hacía un delta, todas las soledades de los mortales: la pequeña Remedios muere luego de tres días de agonía, pariendo un par de gemelos; Pietro Crespi muere con las muñecas cortadas a navaja “ y las dos manos metidas en una palangana de benjuí”; muere José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, en los tiempos cuando soñaba con los cuartos infinitos y Prudencio Aguilar le hacía compañía, hasta que una noche no pudo salir del cuarto intermedio y allí se quedó para siempre; por esa época también murió Visitación, la sirvienta en casa de los Buendías; Aureliano José, en una mala interpretación de las barajas, muere por una bala de fusil que le entró por la espalda y le atravesó el pecho; muere el Coronel Gerineldo Márquez perdido en su soledad; luego Teófilo Vargas despedazado a machetazos; Amaranta Buendía muere en la tranquilidad de un plazo anunciado por la propia muerte, llevando la correspondencia para “el más allá”; Mauricio Babilonia murió de viejo, “…atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz…”; Meme muere de vejez, pensando en Mauricio Babilonia y sin pronunciar una palabra en un tenebroso hospital de Crocavia; Úrsula se había prometido morir una vez que pasara el diluvio y lo cumplió, un jueves santo, con una edad que le calcularon entre ciento quince y los ciento veintidós años, “…y muy poca gente asistió al entierro…”; Rebeca murió a fines de ese mismo año, encerrada en su dormitorio desde hacía tres días; José Arcadio Segundo, conversando con Aureliano en el cuarto de Melquiades y recordando la matanza de los tres mil trabajadores de la bananera quienes fueron lanzados al mar, se fue de bruces y murió sobre los pergaminos con los ojos abiertos, en ese mismo momento su hermano gemelo, en la cama de Fernanda, también murió; muere Fernanda “tapada con la capa de armiño, más bella que nunca y con la piel convertida en una cáscara de marfil…”; José Arcadio, sin llegar a ser Pontífice, muere ahogado en la alberca por los cuatro niños que antes había expulsado de su casa; Pilar Ternera muere en el mecedor de bejucos “…una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso”; y Amaranta Úrsula, desangrada “…en un manantial incontenible… muere sonriente un lunes…”
Para no extender mucho lo que aquí queda evidenciado, y que deja su sello particular en cada uno de los personajes que transitan varias de las obras de Gabriel García Márquez, y en especial en “Cien años de soledad”, puedo afirmar, porque así lo siento, que la dimensión muerte en la narrativa de este magnífico escritor, es parte de ese universo indisoluble que nos contiene como seres humanos, y la magistral pluma de El Gabo nos muestra una ventana por la cual podemos asomarnos a uno de los enigmas más perturbadores y a la vez apasionante de nuestra sociedad, en todos sus tiempos y latitudes geográficas: La muerte.
Hemos buscado por siglos y por diversas vías la fórmula para descifrar el misterio de lo que pasa con nuestro ser una vez que dejamos de respirar y cesan en nuestro cuerpo todas las funciones vitales. La literatura, con su carga de ficción y asumiendo su propio camino de exposición, coloca muy a menudo, pistas y signos, algunos contenidos en la ancestralidad del conocimiento, otros construidos a partir del vuelo imaginativo y la intuición, tendiendo así puentes entre un mundo y otro, sumando, tributando tentativas a un ejercicio de amplia libertad; la libertad de intentar mirarnos desde el prisma inquietante del vacío, de la nada, de la ausencia. Quizá desde allí descubramos lo mejor que requiere nuestra breve existencia para ahuyentar terribles soledades y propiciar el encuentro con nosotros mismos, y la comunión de celebrar la vida en su maravillosa oportunidad sobre la tierra, en esa segunda gran ocasión de redimir la estirpe sobre este Macondo global, terrestre y espiritual donde todos habitamos.
Toda contradicción mueve el devenir del cosmos, así también vida y muerte forman parte del principal fluido desde donde se gesta nuestro tiempo y navegamos hacia nuevas realidades, realidades que a veces se moldean precisamente allí, en el territorio de la imaginación.
“Gabo” trabajo este asunto, tanto en sus obras como en su propia vida; por eso vivió para contarnos, por eso trascendió y dejó signos de una búsqueda que aún está pendiente descifrar, como si frente a nuestros ojos estuvieran los pergaminos de Melquiades guardando la luz de las palabras, o por alguna razón, aunque fuese mágica, se nos revelaran los versos nunca leídos del Coronel Aureliano Buendía y allí, sobreviviendo al fuego, estuviera el secreto que tanto hemos buscado.
 “El miedo a la muerte lo tiene todo el mundo, pero más que miedo a la muerte misma es miedo al tránsito... En fin, creo que el miedo no es a estar muerto, sino a estar muriéndose. (Habla Gabo “Revista Semana, mayo 1985)


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