jueves, 14 de julio de 2016

Años

Años
Estuve allí contigo, cuando el deseo nos desbordó el sentido, cuando la pasión nos dislocó el pudor y la decencia, cuando desafiamos con besos al olvido, cuando la locura nos pareció el mejor oficio entre parejas. Estuvimos sin ropas ni arrepentimientos, sin nada que perdonar ni crimen cometido, sin culpas, sin castigos. Y resulta que sigo aquí, como la espuma del mar, con tu aroma de sal y algamarina, con el ruido del tiempo en tu estadía nocturnal de caracola, recordándonos los cantos del amor desenfrenado , cuando no sabíamos que íbamos a parar en el paisaje sencillo de un apretón de manos.
Estoy aquí, contigo.
Nelson Ures


domingo, 3 de julio de 2016

LA ABUELA NIÑA

LA ABUELA NIÑA.
Nelson Ures.
“…Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejaran de nacer, porque la muerte es mentira” (Eduardo Galeano: La creación)
Rupertina Ures de Reyes, madre de mi Padre Segundo Ures, fue mi abuela niña.
Con toda su integridad Ayamán, con su natural majestad de princesa de alguna antigua tribu de estas tierras soleadas de Lara, nos llegaba desde muy temprano a nuestra antigua casa, la que mi papá nos construyó con sus propias manos, empañetando el barro en el armazón de la caña brava, allá,  en El Garabatal, cuando aquel  era un pueblito rural más vinculado a la dinámica del Río Turbio, con sus haciendas, trapiches y extracción de arena, que al avasallante paso de un Barquisimeto, aun lejano para nosotros.
Llegaba caminando desde el otro lado del Aeropuerto, desde Barrio Nuevo, ayudada por la brisa que agitaba su camisón de estampado con florecitas y dibujitos, ondeando como una bandera. Sus crinejas grises o su pelo recogido en cola resaltaban su ternura y su bondad rebosante  repartían amor de abuela, para transformarse entre nosotros, en una niña más, y así nos adentrábamos en hermosísimos juegos que nunca requirieron otra cosa que no fuera la que el patio de la casa proveía.
Siempre inventaba algo para hacer mágicos aquellos encuentros. Después del “Dios me los bendiga y me los favorezca” se sentaba en algún taburetico o en una piedra, y Maritza, Soraimita, Nancy, mis primeras hermanas, y yo, nos sentábamos en torno a ella para el juego del día. De su faldiquera sacaba unas chapas de refrescos y cordeles con las que nos hacia los zum zum. Viendo girar y girar aquellos pequeños discos de metal con las destrezas enseñadas por la abuela, era para nosotros inigualable diversión.
También nos hacía, con las chapas, relojes que sin dar la hora, eran el emblema del tiempo que transcurría con la abuela.
La Abuela Rupertina también nos llevaba a caminar por la cuesta del río, donde la brisa nos traía el olor del cañaveral. En el andar nos conseguíamos las fruticas del cundiamor que aprendimos a comer, las lefarias y los semerucos. Desde el borde de la cuesta la abuela nos hablaba del río, nos contaba de cómo mi abuelo ejercía su oficio de distribuidor de mercancía con un arreo de burros, recorriendo los pueblos de Rio Claro, Buena Vista y muchos otros caseríos perdidos entre las montañas de Lara.
La abuela niña, la abuela india, llenó, con exactitud celestial nuestra niñez con las estrellas que aun hoy brillan en el recuerdo.
Se despidió de este mundo el día que yo rondaba mis seis años. La vi en el ataúd y para consolarme me dijeron que estaba dormida. Yo me creí el cuento, pero en la noche, mirando por una rendija que entre el techo y la pared dejaba entrar un pedazo de cielo, vi cuando entró un pájaro y preferí consolarme con la idea de que ese pájaro era mi abuela Rupertina