Años
Estuve allí contigo, cuando el deseo nos desbordó el sentido, cuando la pasión nos dislocó el pudor y la decencia, cuando desafiamos con besos al olvido, cuando la locura nos pareció el mejor oficio entre parejas. Estuvimos sin ropas ni arrepentimientos, sin nada que perdonar ni crimen cometido, sin culpas, sin castigos. Y resulta que sigo aquí, como la espuma del mar, con tu aroma de sal y algamarina, con el ruido del tiempo en tu estadía nocturnal de caracola, recordándonos los cantos del amor desenfrenado , cuando no sabíamos que íbamos a parar en el paisaje sencillo de un apretón de manos.
Estoy aquí, contigo.
Nelson Ures
jueves, 14 de julio de 2016
domingo, 3 de julio de 2016
LA ABUELA NIÑA
LA ABUELA NIÑA.
Nelson Ures.
“…Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca
dejaran de nacer, porque la muerte es mentira” (Eduardo Galeano: La creación)
Rupertina Ures de Reyes, madre de
mi Padre Segundo Ures, fue mi abuela niña.
Con toda su integridad Ayamán,
con su natural majestad de princesa de alguna antigua tribu de estas tierras
soleadas de Lara, nos llegaba desde muy temprano a nuestra antigua casa, la que
mi papá nos construyó con sus propias manos, empañetando el barro en el armazón
de la caña brava, allá, en El Garabatal,
cuando aquel era un pueblito rural más
vinculado a la dinámica del Río Turbio, con sus haciendas, trapiches y
extracción de arena, que al avasallante paso de un Barquisimeto, aun lejano
para nosotros.
Llegaba caminando desde el otro
lado del Aeropuerto, desde Barrio Nuevo, ayudada por la brisa que agitaba su camisón
de estampado con florecitas y dibujitos, ondeando como una bandera. Sus
crinejas grises o su pelo recogido en cola resaltaban su ternura y su bondad rebosante
repartían amor de abuela, para transformarse
entre nosotros, en una niña más, y así nos adentrábamos en hermosísimos juegos que
nunca requirieron otra cosa que no fuera la que el patio de la casa proveía.
Siempre inventaba algo para hacer
mágicos aquellos encuentros. Después del “Dios me los bendiga y me los
favorezca” se sentaba en algún taburetico o en una piedra, y Maritza, Soraimita,
Nancy, mis primeras hermanas, y yo, nos sentábamos en torno a ella para el
juego del día. De su faldiquera sacaba unas chapas de refrescos y cordeles con
las que nos hacia los zum zum. Viendo girar y girar aquellos pequeños discos de
metal con las destrezas enseñadas por la abuela, era para nosotros inigualable
diversión.
También nos hacía, con las chapas,
relojes que sin dar la hora, eran el emblema del tiempo que transcurría con la
abuela.
La Abuela Rupertina también nos llevaba
a caminar por la cuesta del río, donde la brisa nos traía el olor del
cañaveral. En el andar nos conseguíamos las fruticas del cundiamor que aprendimos
a comer, las lefarias y los semerucos. Desde el borde de la cuesta la abuela
nos hablaba del río, nos contaba de cómo mi abuelo ejercía su oficio de distribuidor
de mercancía con un arreo de burros, recorriendo los pueblos de Rio Claro,
Buena Vista y muchos otros caseríos perdidos entre las montañas de Lara.
La abuela niña, la abuela india,
llenó, con exactitud celestial nuestra niñez con las estrellas que aun hoy
brillan en el recuerdo.
Se despidió de este mundo el día que yo rondaba
mis seis años. La vi en el ataúd y para consolarme me dijeron que estaba
dormida. Yo me creí el cuento, pero en la noche, mirando por una rendija que
entre el techo y la pared dejaba entrar un pedazo de cielo, vi cuando entró un
pájaro y preferí consolarme con la idea de que ese pájaro era mi abuela
Rupertina
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